Así operaba la red de mujeres que ayudó a planear el asesinato de dos capos de la mafia escocesa en Fuengirola

Los teléfonos móviles empleados en la vigilancia de Eddie Lyons Jr. y Ross Monaghan habían sido robados a turistas en Torremolinos y Benalmádena

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Funeral de Ross Monaghan y Eddie Lyons Jr/The Scottish Sun

El 31 de mayo, en plena final de la Liga de Campeones, dos de los nombres más sonados del crimen organizado escocés fueron abatidos a balazos en un pub de Fuengirola. Ross Monaghan, propietario del local, y su socio y amigo Eddie Lyons Jr., hijo de un histórico capo de Glasgow, cayeron bajo las balas en medio de decenas de clientes que miraban la televisión sin saber que asistían al capítulo más sangriento de una guerra que se libra a miles de kilómetros, en las calles de Escocia.

Hasta ahora, se hablaba de un “topo” dentro del clan Lyons, alguien que habría filtrado información sensible a sus enemigos. Pero las revelaciones más recientes apuntan a un engranaje mucho más sofisticado: un equipo de siete mujeres, todas ellas procedentes del norte de Glasgow, contratadas expresamente para vigilar los movimientos de las víctimas en la Costa del Sol.

Mujeres curtidas en el hurto, recicladas como espías

Según fuentes cercanas a la investigación citadas por The Scottish Sun, estas mujeres, apodadas en el argot criminal como “spotters”, no eran improvisadas. Procedían de un entorno de pequeños delitos —carteristas y ladronas de tiendas de lujo— y habían recorrido Europa durante años, acumulando experiencia en escaparates, boutiques y joyerías. Esa habilidad para pasar desapercibidas, para observar sin levantar sospechas, fue lo que las convirtió en candidatas ideales.

“Son operadoras experimentadas. Pueden seguir un objetivo durante días sin que lo note. En este caso, tenían un cometido claro: vigilar cada paso de Eddie Lyons Jr. y reportarlo a la red que preparaba el atentado”, explicó una fuente del entorno del crimen organizado.

Un viaje inocente que terminó en tragedia

Lo que parecía una escapada entre amigos fue, en realidad, la antesala de la tragedia. Eddie Lyons Jr. había viajado hasta Fuengirola acompañado de un grupo del Dullater Golf Club, en Escocia. Apenas unos días después de aterrizar, se encontraba en el bar de su socio Monaghan disfrutando de la final de Champions, sin saber que estaba siendo vigilado desde su llegada.

Las “spotters” siguieron sus movimientos desde que pisó España. Para comunicarse, utilizaron teléfonos móviles previamente robados a turistas en localidades cercanas como Torremolinos y Benalmádena. Una mafia con base en el sur de Londres, asentada en Málaga, fue la encargada de proporcionarles esos dispositivos, ya preparados para usarse con aplicaciones encriptadas como Signal.

El eslabón escocés

No actuaron solas. Según las nuevas informaciones, la operación contaba también con el apoyo de un co-conspirador escocés, con vínculos con redes criminales en Escocia, Inglaterra y España. Fue esa persona la que proporcionó la información clave: los detalles del viaje de Eddie Lyons Jr., los días, los acompañantes, los lugares de reunión. Con esos datos, las mujeres solo tuvieron que completar el trabajo de campo, confirmar horarios y rutinas.

La precisión del plan no deja lugar a dudas: se trató de un operativo internacional, con intereses comunes entre distintas organizaciones criminales que compartían un objetivo: eliminar a dos figuras clave de los Lyons.

Ecos de una guerra de décadas

En Escocia, la muerte de Monaghan y Lyons Jr. se leyó como un episodio más de la vieja enemistad entre los clanes Lyons y Daniel. Una guerra de décadas que se libra en Glasgow y Edimburgo, y que en los últimos meses había escalado con inusitada violencia a raíz de un fallido negocio de cocaína y medio millón de libras en billetes falsos.

El detonante fue la venganza de Ross “Miami” McGill, un joven capo instalado en Dubái con aspiraciones de grandeza, que responsabilizó a los aliados del clan Daniel de haberlo estafado. Desde marzo, su grupo —Tamo Junto— había desatado una oleada de ataques: incendios provocados, machetazos, intentos de asesinato. La Costa del Sol no fue un escenario ajeno a esa violencia: el atentado de Fuengirola llevó la guerra al terreno internacional.

Un sospechoso en Málaga y la sombra de Londres

El caso dio un giro semanas después, cuando un ciudadano británico con vínculos con una mafia londinense fue detenido en Málaga tras sufrir un accidente de tráfico. En su vehículo, la policía halló un arsenal: armas de fuego, un silenciador, munición y una libreta con direcciones. El hallazgo reforzó la tesis de que el crimen de Fuengirola no fue obra de un pistolero aislado, sino de una coalición criminal con tentáculos en Londres, Glasgow y la Costa del Sol.

El eco en Escocia

Mientras tanto, en Escocia, la Operación Portaledge continúa sumando detenciones. La policía ha arrestado ya a 57 personas en relación con la escalada de violencia que, según los expertos, es la más grave que el país ha vivido en décadas. Las autoridades españolas, sin embargo, sostienen que el asesinato de Fuengirola no puede entenderse sin mirar hacia esa misma guerra escocesa.

Los funerales de Monaghan y Lyons Jr., celebrados conjuntamente un mes después del crimen, fueron un recordatorio del peso de estas familias en la vida social y criminal de Glasgow. Decenas de asistentes, un ambiente cargado de tensión y la sensación de que la espiral de venganza apenas había comenzado.

El tablero de la Costa del Sol

La investigación española se centra ahora en desentrañar el papel de las “spotters”. No eran sicarias ni apretaron el gatillo, pero sin su trabajo de vigilancia el doble asesinato habría sido imposible. Su presencia confirma una tendencia: la Costa del Sol no solo es refugio de grandes capos, también es escenario donde confluyen los hombres y mujeres invisibles del crimen organizado, aquellos que, lejos de los focos, hacen posible que las balas acaben en el blanco.

Fuengirola, Torremolinos, Benalmádena, Málaga: nombres de postal turística que, a ojos de la mafia, son puntos estratégicos. Teléfonos robados en la playa, apartamentos anónimos en la costa, pubs donde se mezclan turistas con viejos conocidos del hampa. Ese es el telón de fondo de un crimen que, tres meses después, sigue ofreciendo nuevas piezas de un puzle internacional.