Una tarde cualquiera, en una vivienda de Málaga, Henrik Lenkeit decidió desconectar. Había tenido una mañana complicada atendiendo a parejas en crisis —es su trabajo como terapeuta— y, agotado, encendió el televisor. En la pantalla, un documental sobre el nazismo repasaba la vida de Heinrich Himmler, jefe de las SS y uno de los principales responsables del Holocausto. Una de las peores personas que el planeta Tierra ha conocido. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Hasta que un gesto rutinario, casi banal, cambió su vida.
Movido por la curiosidad, Lenkeit buscó en internet más información sobre aquel hombre del que apenas recordaba los apuntes del colegio. Entre enlaces, clics y biografías, apareció una fotografía. En ella, una mujer de semblante severo y ojos familiares. Demasiado familiares. “De repente me encontré mirando la cara de mi abuela”, contó después a Der Spiegel. Aquella mujer era Hedwig Potthast, secretaria personal y amante de Himmler durante la Segunda Guerra Mundial.
“Me vacié por dentro”, confesó. “Sentí como si todo mi pasado se desmoronara de golpe.”
De Baden-Baden a Benalmádena: una vida entre dos mundos
Henrik Lenkeit creció en el norte de Alemania creyendo que su abuelo se llamaba Hans Staeck, un empresario casado con su abuela en 1955. Nunca hubo sospecha alguna. De niño visitaba a su “Mutti” —como la llamaba— en Baden-Baden. Una mujer «amable, de manos suaves», que le daba chocolate y le hablaba de la importancia de “ser una buena persona”.
Nada hacía pensar que aquella abuela había sido la amante del segundo hombre más poderoso del Tercer Reich.
Décadas después, Henrik vive en la Costa del Sol, donde trabaja como terapeuta de parejas y pastor evangélico. Llegó en 2018 con su esposa mexicana y sus tres hijos. Buscaba sol, paz y una vida más tranquila, lejos de los inviernos grises del norte. Lo que no sabía es que el pasado lo encontraría.

Según The Times, The Independent y De Telegraaf, el hombre de fe que hoy ofrece orientación espiritual en Málaga es también el nieto biológico de Heinrich Himmler, arquitecto de la “Solución Final”, responsable directo de millones de muertes.
El hallazgo que partió su historia en dos
“Estaba navegando por Wikipedia y reconocí la cara de mi abuela”, relató Lenkeit. Fue el inicio de una investigación personal que duró meses. Cruzó fechas, lugares, documentos familiares y archivos. Descubrió que Himmler y Potthast habían mantenido una relación desde 1938, cuando ella era su secretaria. Fruto de esa unión nacieron Helge (1942) y Nanette-Dorothea (1944). Esta última era su madre.
La confirmación llegó cuando revisó el certificado de nacimiento de Nanette: el propio Himmler figuraba como padre. En ese momento, Henrik comprendió que su vida entera había sido una mentira. “Cuarenta y siete años de mi vida no fueron reales”, declaró a The Telegraph. “Sentí rabia, tristeza, miedo. Un duelo completo.”
El peso de la sangre y la necesidad de perdonar
“Si pudiera devolver la vida a mi abuelo, le daría una buena paliza”, dijo durante una entrevista. Pero con el tiempo, Lenkeit ha aprendido que cargar con la herencia del mal no significa reproducirlo. “No elegimos nuestra sangre”, afirma. “Pero sí elegimos lo que hacemos con ella.”
Desde su casa “cerca de Málaga”, como él mismo explicó a De Telegraaf, intenta reconciliarse con esa historia. Predica, acompaña a parejas en crisis, y habla abiertamente sobre el silencio de muchas familias alemanas que nunca quisieron afrontar su pasado nazi.
“En Alemania decimos: ‘mentimos en nuestros bolsillos’. Es una forma de reconocer que nos engañamos a nosotros mismos. Creemos que nosotros hubiéramos hecho lo correcto… pero ¿quién puede estar seguro?”
Lenkeit ve un peligro actual en Europa: el ascenso de la extrema derecha. “Las ideas que justifican el odio o la exclusión nunca mueren del todo”, dice. “Por eso hablo. Porque callar fue lo que hizo mi familia.”
La sombra de Himmler
Para entender el peso del descubrimiento, hay que recordar quién fue su abuelo. Heinrich Himmler (1900-1945) fue el jefe de las SS, organizador del sistema de campos de concentración y arquitecto del Holocausto. Bajo su supervisión murieron millones de personas.
Murió en mayo de 1945, tras ingerir una cápsula de cianuro cuando fue capturado por tropas británicas.
Su amante, Hedwig Potthast, sobrevivió. Según los archivos y cartas entre ambos, Himmler la llamaba “Häschen” (“conejita”), y ella le respondía con “Rey Enrique”. En una de las misivas escritas desde Auschwitz, él firmó: “Voy al campo. Besos, tu Heini.”

Potthast nunca fue juzgada. Algunos historiadores creen que negoció su silencio con las autoridades aliadas. Murió en 1994 sin haber reconocido públicamente la relación ni haber contado su historia. En su funeral, recuerda Lenkeit, “nadie parecía realmente triste”. Aquel detalle, que entonces le pareció extraño, hoy cobra todo su sentido.
Entre la culpa y la fe
El nieto de Himmler no se refugió en el odio. Lo hizo en la fe. Su trabajo como pastor y consejero en la Costa del Sol le ha permitido redirigir el dolor hacia el perdón y la reflexión. “No puedo maldecir mi sangre —dice—, pero puedo usarla para sanar.”
Su historia, más allá del morbo genealógico, es la de un hombre enfrentado a la verdad más incómoda posible: que el mal puede formar parte de tu propio árbol familiar. Y que, aun así, puedes elegir no repetirlo.



