Alejandro Bonomo, entrenador del Club Andaluz de Wushu en Málaga, lo tiene claro: este arte marcial milenario no solo enseña técnicas de defensa, sino que transforma vidas. Lo que muchos conocen como Kung Fu, en realidad se llama Wushu, que en chino significa simplemente «arte marcial». Y aunque su origen se remonta a China, sus beneficios están más actuales que nunca.
“El Wushu llegó a Occidente bajo el nombre de Kung Fu, pero su práctica va mucho más allá de las películas. Incluye dos grandes modalidades: el taolu, que consiste en secuencias coreografiadas, y el sanda, que es la vertiente de combate”, explica Bonomo. Estas secuencias pueden realizarse con armas o a mano vacía, y dentro del amplio espectro de esta disciplina también se integra el Tai Chi, una modalidad que suele asociarse erróneamente al mundo del fitness, pero que es, en realidad, un arte marcial interno.
“El Tai Chi trabaja la respiración, las posturas bajas y los movimientos lentos, lo que lo convierte en una práctica ideal tanto para jóvenes como para personas de edad más avanzada”, añade. No es raro, por tanto, que el Club cuente con alumnos desde los 5 hasta los 80 años.
El Wushu como respuesta al sedentarismo
En un contexto social donde el sedentarismo infantil y juvenil preocupa cada vez más, el Wushu se presenta como una alternativa eficaz para fomentar la actividad física, mejorar la postura y desarrollar habilidades sociales.
“La mayoría de los padres traen a sus hijos para sacarlos del letargo del colegio y de las pantallas. Notan problemas de hipotonicidad muscular, postura y dificultades de socialización. Aquí encuentran una respuesta a todo eso, porque el club no es solo un espacio deportivo, sino también una comunidad donde se convive y se crece”, destaca Bonomo.
El ejemplo de superación de Samuel Villatoro

Uno de esos alumnos que ha vivido esa transformación es Samuel Villatoro, atleta de 17 años, natural de Torremolinos, que acaba de proclamarse campeón de España en su categoría. Su historia es una de esas que inspiran.
“Empecé en 2019, con 11 años, por un problema de sobrepeso. A mi hermano le encantaban las películas de Jackie Chan y fue él quien quiso probar. Yo me apunté también y descubrí que me encantaba”, recuerda.
Samuel entrena desde entonces seis días a la semana, compaginando preparación física y técnica de Wushu durante unas dos horas diarias. “La dedicación es alta, pero el esfuerzo vale la pena. Este campeonato me ha motivado aún más para seguir creciendo”, asegura. Y apunta que, aunque cada atleta tiene su ritmo, se puede llegar a nivel competitivo en unos tres años, “siempre que haya constancia y disciplina”.
Más que un deporte: un estilo de vida
El Wushu no es solo una actividad física exigente; también aporta herramientas fundamentales para la vida. “Me ha enseñado valores como la constancia, el esfuerzo y el afán de superación. Y además, es una actividad que también mejora la salud mental, porque te obliga a concentrarte, a superar tus límites”, explica el joven campeón.
Pero no todo es esfuerzo individual. El ambiente en el club también es clave: “Aquí hacemos piña. Siempre intentamos acoger bien a los nuevos, y se crea un clima de amistad muy sano”, afirma Samuel. Un espíritu que el propio Alejandro Bonomo fomenta como parte de la filosofía del club.
Mirando al futuro
De cara a los próximos meses, Samuel ya tiene en el calendario nuevas competiciones. En noviembre participará en un Open, y después continuará preparándose para los próximos campeonatos nacionales. “Mi idea es seguir en este camino, tal vez dedicarme profesionalmente a algo relacionado con el deporte”, dice con una sonrisa que mezcla ilusión y determinación.
A quienes estén dudando si empezar, especialmente aquellos niños o adolescentes que arrastran complejos o problemas de salud, Samuel les lanza un mensaje claro: “Que lo prueben. Que no tengan miedo. Es duro, sí, pero es muy gratificante. Y no solo mejora el cuerpo, también la cabeza y el corazón”.
Porque al final, como recuerda Alejandro, el Wushu no tiene edad, ni límites. Solo necesita algo tan sencillo –y a veces tan poderoso– como las ganas de empezar.



