Cuando el 4 de julio de 2025 Oliver Pugh, un niño de tres años nacido en Marbella, desapareció junto a su madre, Anastasiia Chikina, nadie podía imaginar que su caso acabaría convertido en una investigación internacional que hoy mantiene en vilo a España, Reino Unido, Rusia y, posiblemente, a las autoridades de varios países de Asia. Han pasado casi cuatro meses y sigue sin haber certezas. Solo un vacío que se ensancha con cada día que pasa, un niño al que nadie ha vuelto a ver y una historia donde ya no hay buenos ni malos: solo una víctima inocente.
Oliver nació en Marbella en noviembre de 2021. Hijo de un padre británico y una madre rusa, creció en un entorno internacional, con la luz del Mediterráneo y la tranquilidad de una familia que parecía estable. Todo cambió en mayo de 2024, cuando sus padres se separaron. El juzgado de familia de Marbella dictó entonces un régimen de custodia compartida, pero el clima entre ambos se deterioró rápidamente. Según fuentes judiciales, el tribunal valoraba otorgar la custodia plena al padre —una decisión aún pendiente de ejecución— cuando la madre desapareció con el niño, el pasado 4 de julio.
El padre, Matthew Pugh, denunció la desaparición semanas después, el 7 de agosto, tras comprobar que ni su expareja ni su hijo respondían a las llamadas ni estaban localizables. Ese mismo día, el Centro Nacional de Personas Desaparecidas (CNDES) activó la alerta oficial. El caso, en un primer momento tratado como desaparición, pasó rápidamente a la categoría de sustracción parental.
Una orden judicial y una huida premeditada
La madre, Anastasiia Chikina, de 32 años, natural de San Petersburgo, tenía prohibida la salida de España por orden judicial. También debía haber entregado el pasaporte del menor, documento que —según alegó— había extraviado. Su salida del país fue, por tanto, una violación directa de una medida cautelar. Cuando los investigadores entraron en la vivienda familiar de Marbella, encontraron las habitaciones vacías, sin rastro de ropa, juguetes ni pertenencias personales.
De inmediato, la Policía Nacional pidió la colaboración de Interpol y del Ministerio del Interior británico, mientras la familia paterna contrataba detectives privados y medios de comunicación internacionales comenzaban a interesarse por el caso.
Rastros difusos: Rusia, Tailandia, Malasia
El 29 de agosto, el caso dio un giro. Las autoridades españolas confirmaron que la investigación se centraba en la hipótesis de una huida internacional, posiblemente hacia Rusia, país de origen de la madre, donde la cooperación judicial con Europa es prácticamente inexistente. Semanas más tarde, una serie de imágenes publicadas por la propia Anastasiia en redes sociales situaban su paradero en Tailandia, concretamente en el centro comercial Iconsiam de Bangkok.
Las publicaciones, analizadas por el tabloide británico The Scottish Sun, mostraban coincidencias en detalles arquitectónicos, lo que reforzó la sospecha de que madre e hijo habían abandonado Europa. Sin embargo, en septiembre, nuevas publicaciones —esta vez geolocalizadas en Moscú— volvieron a nublar el horizonte. En ellas, Anastasiia aparecía sonriente, sin mencionar a su hijo, pero dejando entrever que seguía en movimiento.
El 23 de septiembre, The Sun publicó que la madre “habría confirmado por primera vez su estancia en Moscú”. Días después, el tabloide británico The Mirror informaba de que Anastasiia “se burlaba de la investigación policial” desde Malasia, subiendo fotografías junto a su hermana con las Torres Petronas de fondo. Las pistas, dispersas y contradictorias, dibujaban el mapa de una huida calculada y digitalmente confusa.
Una historia narrada en primera persona
En septiembre, Anastasiia rompió su silencio con un mensaje a sus más de 140.000 seguidores:
“Tenemos una conversación difícil que tener. Hablemos de lo aterrador que es cuando el sistema está en contra del niño.”
La publicación —ambigua, sin referencias directas a Oliver— fue interpretada por los investigadores como una justificación pública de su huida. Posteriormente, en un extenso texto en ruso difundido por Telegram, la madre se presentó como víctima de un entorno “hostil” y de un sistema judicial que, según ella, “había fallado en proteger” a su hijo.
“Esta historia se basa en hechos reales. Será una historia sobre el honor, la honestidad con uno mismo y la protección de los niños. Si no una madre, ¿quién?”, escribió.
En esos mismos mensajes, evitó mostrar cualquier imagen de Oliver y afirmó que tenía prohibido publicarlas.
Una nueva sombra: las acusaciones cruzadas
Una persona del entorno de la madre se puso en contacto con Área para afirmar que “Oliver es víctima documentada de sospecha de abuso sexual, con un informe médico del 17 de mayo que confirma la existencia de una fisura anal”.
El contenido de dicho informe no ha sido confirmado oficialmente por las autoridades españolas ni británicas, ni consta que exista una causa penal abierta por esos hechos.
El caso de Oliver Pugh es hoy un rompecabezas jurídico. Si madre e hijo se encuentran en Rusia, la extradición sería prácticamente imposible. El artículo 61 de la Constitución rusa prohíbe la entrega de ciudadanos rusos a otros países, y Moscú no mantiene tratado de extradición ni con el Reino Unido ni con España.
Esa realidad deja a Oliver atrapado en un limbo diplomático: británico por nacimiento, ruso por sangre y español por residencia. En el Reino Unido, el Foreign Office ha confirmado que sigue prestando apoyo al padre “desde España y a través de los canales diplomáticos”. A día de hoy, no se ha emitido ninguna orden internacional de detención visible públicamente ni existe confirmación oficial sobre el paradero del menor.



