A las 13:49 de un sábado caluroso, con el sol aplastando el asfalto de San Pedro Alcántara, la violencia irrumpió en la Iglesia de la Virgen del Rocío. Una familia celebraba la comunión de un niño. A la salida, cinco disparos silenciaron para siempre a su padre, conocido como ‘Maradona’, un viejo conocido de las fuerzas policiales por su vinculación con el narcotráfico en la Costa del Sol.
No fue un ajuste de cuentas cualquiera. Fue una ejecución medida al milímetro. El asesino, Ahmad Abdul Karim, de origen iraquí y miembro del llamado «clan de Los Suecos», lo esperó con el casco de motocicleta puesto. Tres tiros en la cabeza y dos en el pecho sellaron el destino de un hombre cuya historia resume las entrañas del crimen organizado en el sur de España.
Según informó Encripdata, aquel 12 de mayo se consumó un castigo largamente anunciado. Primero se lo advirtieron quemándole el gimnasio. Luego, el chiringuito. El mensaje era claro: «Paga la droga». Incluso la policía lo alertó: «Puedes ser el siguiente». Maradona lo negó todo. Pero el crimen confirmó lo que se temía: una guerra narco se había desatado.
Entre Buenos Aires y Marbella: un ‘valijero’ que quiso jugar solo
La historia de ‘Maradona’ no comenzó en Marbella, sino en Buenos Aires, como reveló Encripdata. Allí fue valijero de Diego Xavier Guastini, alias ‘Dolarín’, capo del narcolavado y uno de los operadores financieros más sofisticados del narcotráfico transatlántico. A las órdenes de Guastini, movía millones de euros en efectivo entre América y Europa, como parte del engranaje de carteles colombianos, la Oficina de Envigado y la mafia calabresa.
Su papel era clave: llevar las ganancias de vuelta al origen, sorteando controles y vigilancias. En una ocasión, fue detenido con casi un millón de euros sin declarar en el aeropuerto de Ezeiza. Pero aprendió el oficio. Y cuando regresó a España, ofrecía un nuevo servicio: facilitar «bajadas» de alijos de cocaína en los puertos de Cádiz, Málaga y Algeciras.
Sin embargo, empezó a operar por su cuenta. Robaba cargamentos, informaba a la policía sobre alijos (como el de 8.740 kilos incautados en Algeciras en abril de 2018) y realizó un “vuelco” de 400 kilos de cocaína en Málaga. Aquello le costó caro.
El fuego fue la primera advertencia
El 25 de marzo de 2018, alguien prendió fuego a su gimnasio, el Marbella Fight School. Dos semanas después, ardía el Heaven Beach Club. Pero ‘Maradona’ seguía desafiante. Hasta que llegó el 12 de mayo. Su asesino lo ejecutó frente a su mujer, sus hijos y los invitados a la comunión. Una escena familiar convertida en campo de batalla.
Según el fiscal Carlos Tejada, el encargo fue obra de Sofian Ahmed Barrak, alias ‘Zocato’, socio y rival de Maradona. Ambos compartieron negocios, pero el dinero rompió la alianza. El fiscal sostuvo que ‘Zocato’ contrató a ‘Los Suecos’ para liquidar a su exsocio, pero meses después, al negarse a pagar por el trabajo, fue él quien cayó a manos de los mismos sicarios.
‘Zocato’: traición y castigo
La noche del 20 de agosto de 2018, una figura en bicicleta apareció en la urbanización Villas El Campanario, en Estepona. Esperó media hora entre los contenedores. ‘Zocato’ salió de casa, absorto en su móvil. El asesino lo emboscó y lo remató con varios disparos a quemarropa. Todo quedó grabado en vídeo por las cámaras de seguridad.
Tres años después, en abril de 2023, la Audiencia Provincial de Málaga dictó sentencia: 12 años de prisión para Abdul Karim; 2 años, 9 meses y 26 días para Amir Faten Mekky, el jefe de Los Suecos. Solo como cómplice, y solo por uno de los crímenes. Ningún día de cárcel por la muerte de Maradona. Una condena criticada por la Udyco Costa del Sol, que veía el caso como una burla a la justicia.
El misterio de los 9 millones
Pese a los disparos, la historia no terminó en la iglesia. Según Encripdata, ‘Maradona’ iba a cerrar una operación de 100 kilos de cocaína con el clan Loza el mismo día de su asesinato. Nunca llegó a hacerlo. Desde entonces, circula el rumor de que escondía un botín de hasta 9 millones de euros. Nadie lo ha encontrado.
Capi, un asesino a sueldo retirado que aseguró haber hecho de intermediario en el encargo, lo dijo sin rodeos: “Tenía muchas deudas. Pasó lo que tenía que pasar”.
Hoy, siete años después, la Costa del Sol sigue siendo epicentro de clanes, ajustes de cuentas y tráfico internacional de estupefacientes. Lo que pasó aquel 12 de mayo de 2018 fue algo más que un asesinato: fue un mensaje, una advertencia y el símbolo de una guerra que sigue abierta. Y una historia que quedó para siempre grabada en la memoria de muchos malagueños.



