La Costa del Sol hierve bajo el sol. Estamos en 2011 y la vida sigue su curso entre turistas de color rosita y urbanizaciones donde nadie pregunta demasiado. ¿Para qué?. Pero entre agosto y septiembre algo sucede. Empiezan a aparecer cadáveres. Mujeres, siempre las mismas. Prostitutas de mediana edad que trabajan en pisos discretos, lejos de los focos. Aparecen brutalmente asesinadas, apuñaladas con saña, sus cuerpos como un mensaje de odio.
A veces, el crimen se confunde con la chapuza. Un hombre entra en una casa, deja su teléfono en la guantera del coche, olvida el cuchillo en la cocina, regala a su novia el móvil de una víctima y ni siquiera se toma la molestia de borrar los rastros de ADN que ha ido esparciendo como migas de pan. Un genio del mal con el coeficiente de un ladrillo. Un Jack el Destripador del ‘baratillo‘, o, como se dice en la jerga de memes de internet, del AliExpress.
Se llamaba Abdelkader Salhy, aunque podía llamarse Martin Spratt o cualquier otro nombre que le sonara exótico en el momento. Era alemán, irlandés, marroquí, dependiendo del día y del pasaporte. Lo suyo no era la coherencia, ni la precisión, sino el simulacro de ambas cosas. Entre agosto y septiembre de 2011, convirtió la Costa del Sol en su coto de caza particular. Su especialidad: mujeres invisibles, prostitutas de mediana edad, a las que sometía y apuñalaba.
Susana Monterroso Fiore tenía 45 años cuando apareció sin vida en un apartamento de Mijas. La mataron con un cuchillo, pero pudo ser con cualquier otro arma, porque lo importante era la rabia que la empuñaba. Un mes después, el 10 de septiembre, Maryuri Alice Pérez García repetía destino en Marbella. Mismo escenario, misma saña. Brigitte S.R., alemana de 49 años, completó la serie. Salhy las seleccionaba en los anuncios del Sur in English, las llamaba, entraba en sus pisos con la excusa de pagar por sus servicios y, una vez dentro, desplegaba su verdadera cara: atar, golpear, apuñalar, robar los códigos PIN de sus tarjetas. Era la secuencia de un asesino que se creía listo.
Podría haber sido el protagonista de una novela negra, pero habría sido una mala. En el capítulo final, los detectives no se rasgan las vestiduras ni se sumergen en laberintos de pistas falsas. No hay misterio. La policía lo atrapó porque era más fácil encontrarlo que no hacerlo. Y porque su novia, que vivía con él sin saber que dormía con un asesino en serie, encontró un móvil ajeno en su coche y se lo regaló a su madre. “Este es mi nuevo número”, le dijo ella a una amiga. Y con esa frase, Salhy firmó su sentencia.
El ADN hizo el resto. Coincidía con el encontrado en las escenas del crimen, en las uñas de Maryuri Alice, en las tarjetas bancarias manchadas de sangre. Cuando lo detuvieron en el gimnasio de su urbanización, intentó mantener la compostura. Sacó su pasaporte falso y puso cara de póker. Pero en los calabozos, la máscara se despegó. “Soy estúpido”, admitió, como si hubiera hecho falta decirlo.
¿Por qué mataba? Según él, porque su padre frecuentaba prostitutas. Según otros, porque su madre lo fue. El origen de su desprecio por las mujeres que asesinó quedó en el aire. Lo cierto es que no las mató por dinero. Ni siquiera por venganza o trauma. Las mató porque sí. Porque estaban ahí. Porque su rabia necesitaba un canal y ellas eran el más fácil.
Cuando Salhy se sentó en el banquillo en 2015, no hubo lágrimas en la sala. No hubo pancartas, ni familiares desgarrados, ni indignación colectiva. Las mujeres que asesinó estaban solas en la muerte como lo estuvieron en la vida. La defensa intentó alegar que lo habían torturado para que confesara. Pero la toalla ensangrentada, el móvil de la víctima en manos de su suegra y las imágenes de las cámaras de seguridad eran más elocuentes que cualquier alegato.
Lo condenaron a 63 años de prisión, un número que no significaba nada, porque el tiempo en la cárcel es un concepto elástico. Jack el Destripador desapareció en la niebla de Londres sin dejar rastro. Abdelkader Salhy quedó atrapado bajo el sol de Málaga, sin la grandeza de un villano ni el misterio de un monstruo. Solo un asesino chapucero, distraído, condenado por su propia estupidez.



