Qué es la Quema de Judas de El Burgo: la tradición que ha desatado un conflicto diplomático entre España e Israel

El municipio defiende que se trata de una tradición popular y rechaza que el acto tuviera un sentido antisemita

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Quema de una figura de Netanyahu en El Burgo

¿Quién nos iba a decir que un pequeño pueblo de la Sierra de las Nieves, con menos de 2.000 habitantes, iba a convertirse en noticia internacional por una tradición de Semana Santa? Si lo que no pase en este país… Lo que durante décadas ha sido en El Burgo una escena conocida, esperada y festiva —un muñeco gigante, pólvora, humo, estallidos y aplausos— ha terminado esta vez saltando de la plaza del pueblo a la esfera diplomática.

La polémica generada por la quema de un muñeco durante la tradicional Quema de Judas, celebrada el pasado 5 de abril, ha traspasado fronteras y ha provocado un choque institucional después de que Israel calificara lo ocurrido como una muestra de “odio antisemita” y convocara a la encargada de negocios de España en Tel Aviv para trasladarle su malestar.

Pero, más allá del ruido político y de la repercusión internacional, la pregunta que muchos se hacen ahora es mucho más básica: qué es exactamente la Quema de Judas y por qué un acto popular de un municipio malagueño ha acabado convertido en un asunto con dimensión diplomática.

La respuesta está en una tradición profundamente arraigada en El Burgo, uno de los actos más singulares de su Semana Santa y una fiesta declarada de Interés Turístico Andaluz. Cada Domingo de Resurrección, el municipio celebra la quema de un gran muñeco de trapo relleno de pólvora, que representa simbólicamente el mal y el pecado. Se trata de un ritual que culmina con fuego, tracas y fuegos artificiales, en una escena que los vecinos interpretan como una celebración de la Resurrección de Cristo y de la derrota de lo negativo.

Según la información disponible sobre esta tradición, la jornada comienza por la mañana con un camión que transporta al Judas por las calles del pueblo para despertar a los vecinos. Más tarde, sobre el mediodía, los tronos del Cristo Resucitado y la Virgen de la Medalla Milagrosa —también citada en algunas referencias como la Virgen Milagrosa— se encuentran con la figura en la Plaza de Abajo. Es ahí cuando se prende la mecha y el muñeco comienza a arder y explotar entre una gran humareda y el estruendo de la traca.

La estampa, tan llamativa como ruidosa, forma parte del paisaje sentimental de El Burgo desde hace décadas. La tradición comenzó en los años 40, cuando el párroco del municipio, natural del País Vasco, quiso implantar en el pueblo una costumbre de su tierra mezclándola con elementos del sur. En sus orígenes, el Judas tenía el tamaño de una persona, pero con el paso de los años fue creciendo hasta convertirse en el enorme muñeco que hoy alcanza entre cinco y seis metros de altura, según las distintas descripciones aportadas.

La elaboración del muñeco también forma parte del ritual. Se construye en los días previos con materiales como papel, cartón, madera y pólvora, y suele tener un aire grotesco. Aunque la figura representa tradicionalmente a Judas Iscariote, el personaje que traicionó a Jesucristo según la tradición cristiana, su rostro o su aspecto pueden recordar cada año a personajes conocidos o incorporar una lectura crítica, política o social.

Ahí es precisamente donde este año ha estallado la controversia. En esta edición, el muñeco quemado fue relacionado con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, lo que desencadenó una reacción inmediata por parte del Gobierno de Israel. Desde el municipio, sin embargo, se ha defendido una versión muy distinta. La alcaldesa de El Burgo, María Dolores Narváez, ha insistido en que la figura no tiene una identidad oficial asignada ni por el Ayuntamiento ni por los vecinos que la elaboran, y que cada persona interpreta lo que quiere ver en ella.

La regidora ha subrayado además que el mensaje central del acto era “No a la guerra”, como expresión de rechazo general a los conflictos bélicos. También ha sido tajante al rechazar cualquier acusación de antisemitismo y ha defendido que El Burgo es un municipio acogedor, que no promueve el odio ni la violencia contra ningún colectivo.

En paralelo, el Ministerio de Asuntos Exteriores español también ha rechazado de forma contundente las acusaciones de antisemitismo y ha defendido que no se puede desligar este episodio de su contexto cultural y tradicional. El Ejecutivo sostiene así que la Quema de Judas forma parte del acervo popular de muchos municipios y que no debe extrapolarse automáticamente a una lectura política o internacional.

Y ahí está, precisamente, la paradoja. Lo que en El Burgo se vive como una tradición centenaria o, al menos, consolidada desde mediados del siglo pasado, ha terminado interpretado fuera de España como un gesto político de alcance internacional. Un muñeco de trapo, una mecha, unos kilos de pólvora y una plaza de pueblo han bastado para abrir un episodio de tensión diplomática. Ni un telefilme de sábado por la tarde te escribe este guion.

Porque a veces la actualidad tiene estas cosas: uno cree que está asistiendo a una fiesta popular de un municipio malagueño y, de pronto, acaba leyendo comunicados oficiales entre países. En El Burgo, mientras tanto, la Quema de Judas sigue siendo lo que siempre ha sido para sus vecinos: una celebración del Domingo de Resurrección, una mezcla de religión, costumbre y espectáculo, y una de esas tradiciones locales que, casi siempre, se quedan en casa. Casi siempre.