‘Kárate a muerte en Torremolinos’: el apocalipsis crustáceo que merecíamos en la Costa del Sol

Zombis nazis, surfistas cristianos y un centollo gigante batallando en Torremolinos: ¿acaso no es esto arte?

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Kárate a Muerte en Torremolinos

Hay películas que marcan una época. Otras, directamente, la desintegran. Y luego está Kárate a muerte en Torremolinos (2003), que ni marcó ni desintegró nada, pero se alzó como el Chernóbil estético del cine español: un monumento a la caspa, el desenfreno y la creatividad más desatada. Una obra magna del absurdo que, como bien sabría Ed Wood, cuanto peor, mejor. Y si además sucede en Torremolinos, mejor que mejor.

Dirigida por Pedro Temboury, un cineasta que no sabía si estaba rodando una película o invocando al mismísimo Jesús Franco (que, de hecho, aparece), Kárate a muerte en Torremolinos es una oda al despropósito elevado a culto. Con un presupuesto de 6.000 euros y rodada en 12 días, es un milagro técnico comparable solo con hacer una paella con un microondas y las sobras del chino del día anterior y aún así ganarte una estrella Michelin.

¿La trama? Por favor, agárrense:

Un científico loco, el Dr. Malvedades, quiere dominar el mundo resucitando a cuatro karatekas zombis que murieron ahogados en la bahía de Málaga en la Segunda Guerra Mundial (¿por qué no?). Para ello necesita secuestrar a cinco adolescentes recién desvirgadas, realizar un ritual al borde de la lógica narrativa y despertar a Jocántaro, un monstruo mitad centollo, mitad pulpo, todo tentáculos y gloria. Solo un surfista católico (sí, eso existe) llamado Jess y su banda de aliados improbables (una monja, un cura, un yuppie y otro karateka) podrán detener el apocalipsis crustáceo… invocando al espíritu del profesor Miyagi.

Si esto no es cine, ¿qué lo es?

El kitsch como doctrina

Los efectos especiales son de PowerPoint versión 97, los diálogos están a medio camino entre la parodia y el brote psicótico, y las interpretaciones podrían hacer que Tommy Wiseau pareciera Marlon Brandon. Pero, ¡ay!, todo eso es precisamente lo que convierte a Kárate a muerte en Torremolinos en un milagro de la serie Z: un canto de amor al cine sin complejos, sin recursos, sin guión… pero con alma (todo lo contrario a la mayoría de pelis de Marvel de los últimos 15 años).

La presencia de Jesús Franco, ese padre del cine explotación europeo, haciendo de Miyagi en versión chiringuito, es oro puro para el espectador con gafas de pasta y alma irónica. No es casual: Temboury había sido su montador y el discípulo decidió rendirle homenaje haciendo exactamente lo que habría hecho el maestro… con menos presupuesto y más malafollá.

Cine de culto (literalmente)

Kárate a muerte en Torremolinos no quiere ser buena. Rechaza la perfección con la misma pasión con la que rechaza el sentido común. Por eso ha acabado convertida en una película de culto: porque no pretende ser nada más que un festival de desmadre, absurda valentía y amor al cine entendido como ritual tribal. Es el equivalente audiovisual a irse de after a las 10 de la mañana un martes antes de entrar a trabajar en el turno de tarde. Y disfrutarlo. El trabajo digo.

Si alguna vez soñaste con ver una película que mezclara zombis nazis, karate mal coreografiado, criaturas marinas radioactivas y catequesis con aroma a salitre, esta es tu película. Si no, también. Lo siento (no lo siento): es cine de culto y lo defenderé en cualquier barra de bar o simposio académico que se me ponga por delante.