En una noche de tormenta del invierno de 1886, José Reyna, un ex presidiario malagueño de mirada ardiente y lengua afilada se presentó en Tolox, un pequeño pueblo enclavado en la Sierra de las Nieves. Arrastraba tras de sí una figura de Cristo a tamaño real y sus primeras palabras anunciaron la llegada del Apocalipsis. Esa noche, mientras los relámpagos iluminaban las calles del municipio, comenzó a escribirse una de las páginas más oscuras de la historia del lugar.
A finales del siglo XIX, España era un país que se desmoronaba bajo el peso de su propia decadencia. Los ecos de la Guerra de Cuba y los terremotos que en 1884 sacudieron Andalucía resonaban en las mentes de una población cansada de desastres. En los pueblos, especialmente en lugares como Tolox, donde el sustento era la tierra y el ganado, el hambre y la desesperanza se convertían en terreno fértil para cualquier profeta con dotes teatrales y promesas de redención.
José Reyna, autodenominado como el Papa José, olió la vulnerabilidad y acompañado por Teresa, una espiritista con experiencia en embaucar almas perdidas, pronto convenció a muchos de que el fin del mundo estaba cerca. Con la complicidad de Isabel Gallardo, una mujer respetada en el pueblo, formó un grupo religioso que bautizó como Las Cuatro Columnas. Estas mujeres —Micaela Merchambera, Ana Mesa, Jerónima Sánchez y la propia Isabel— se convirtieron en los pilares de una secta que, en pocas semanas, arrastraría a Tolox al abismo.
Fenómenos paranormales y un pueblo dividido
A partir de entonces, lo extraordinario se convirtió en rutina. El Papa José y Teresa orquestaron supuestas apariciones marianas y trances espirituales, donde los adeptos aseguraban escuchar a los muertos y recibir mensajes divinos. La aldea, pequeña y supersticiosa, se dividió en dos bandos: los fervientes creyentes, que veían en José un salvador, y los escépticos, que sospechaban que detrás de su predicación se ocultaban artes oscuras.
Las tensiones no tardaron en escalar. Una noche, cuando los detractores intentaron apedrear al Papa José, este huyó hacia Río Verde, una región salvaje y solitaria cercana a Istán. Allí, en un paraje apartado, acompañado de su más fiel seguidora, Micaela Merchambera, y de los bienes que sus devotos habían entregado, el falso fraile comenzó a preparar el acto final de su teatro macabro.
El ritual de la locura
El 20 de marzo de 1886, la cordura abandonó a los seguidores del Papa José. Micaela, bajo la dirección de su maestro, preparó una poción con hierbas alucinógenas autóctonas. Al caer la noche, el grupo, compuesto por una veintena de hombres y mujeres, se reunió en torno a una hoguera que parecía alimentarse de su propia demencia.
Primero, quemaron sus ropas, quedando completamente desnudos. Luego, entre cánticos y bailes frenéticos, lanzaron animales vivos al fuego. La hoguera crepitaba, alimentada por gritos y risas que parecían brotar del mismísimo infierno. Un bebé de escasos meses estuvo a punto de ser arrojado a las llamas, pero la locura, aunque absoluta, no llegó a cruzar ese umbral.
En medio de este caos, tuvo lugar un surrealista casamiento entre dos jóvenes de 18 años, quienes, desnudos y rodeados por los demás participantes, se hirieron gravemente en un acto simbólico de entrega. Luego, Micaela instó a todos a suicidarse. Cuchillos en mano, intentaron apuñalarse, pero el dolor los detuvo. Desesperada, la líder ordenó que los miembros se despellejaran vivos unos a otros.
Fue uno de los integrantes, un hombre que aún conservaba un resquicio de cordura, quien huyó en mitad de la noche para alertar a la Guardia Civil. Cuando las autoridades llegaron, encontraron un espectáculo dantesco: sangre, restos de animales y cuerpos desnudos cubrían el suelo. Los adeptos, agonizantes, gemían y gritaban, consumidos por las heridas que ellos mismos se habían infligido.
Los Iluminados de Tolox
El juicio que siguió fue tan insólito como los hechos que lo provocaron. Por primera vez en España, se debatió el concepto de hipnosis colectiva como explicación para un comportamiento tan irracional. Los Iluminados de Tolox, como se conoció al grupo, se convirtieron en un caso de estudio sobre los peligros de la manipulación psicológica, el fanatismo y la desesperación.



