Han pasado más de dos años desde aquella tarde en la que la rutina de Algeciras se quebró. Este lunes, 6 de octubre, la Audiencia Nacional sienta en el banquillo a Yassine Kanjaa, el joven marroquí acusado de asesinar al sacristán Diego Valencia y de herir gravemente al sacerdote Antonio Rodríguez Lucena, en lo que la Fiscalía califica como un atentado terrorista de inspiración yihadista.
El juicio se abre con un acusado que ha permanecido en prisión provisional desde su detención y que afronta una petición de 55 años de cárcel. A lo largo de tres días de sesiones, el tribunal deberá esclarecer si aquel recorrido sangriento por las iglesias de San Isidro y Nuestra Señora de la Palma fue el resultado de un acto terrorista o de una mente perturbada por la enfermedad.
La defensa insiste en esta última idea. Asegura que Kanjaa sufre un trastorno psicótico de probable origen esquizofrénico, que anulaba su capacidad de comprender lo que hacía. A su juicio, no hubo voluntad terrorista, sino un episodio de locura. Pero el Tribunal Supremo ya avaló que la Audiencia Nacional mantuviera la competencia, al considerar que existían indicios sólidos de radicalización religiosa previos al crimen.
Según el relato del Ministerio Público, Yassine Kanjaa había iniciado semanas antes un proceso de fanatización extrema, rechazando costumbres y amistades, y abrazando un discurso religioso de corte violento. En su teléfono móvil se hallaron mensajes y sermones de predicadores radicales, muchos de ellos vinculados a espacios virtuales del Estado Islámico. También se constató un cambio repentino en su comportamiento y en su actividad en redes sociales, donde en apenas dos meses publicó más de setenta mensajes de contenido islamista.
La tarde del 25 de enero de 2023 comenzó como cualquier otra en la ciudad portuaria. A las seis y media, Kanjaa entró en la iglesia de San Isidro, donde increpó a varios feligreses y lanzó frases confusas sobre el fin del mundo. “El mundo se va a acabar”, gritó, antes de golpear una Biblia contra un banco y abandonar el templo. Poco después, regresó a su casa, apagó el teléfono móvil, lo guardó en un cajón y sacó de debajo de la cama un machete de grandes dimensiones.
Volvió a salir a la calle con el arma escondida bajo un impermeable oscuro. En su camino se cruzó con un ciudadano al que atacó por la espalda, causándole cortes en el rostro y en el hombro, mientras le gritaba frases incoherentes: “Tú trabajas para la magia”. No se detuvo. Se dirigió de nuevo a la iglesia de San Isidro, donde se oficiaba misa ante una decena de personas.
Blandiendo el machete, se abrió paso hasta el altar. El sacerdote Antonio Rodríguez Lucena, de 75 años, trató de huir, pero el atacante le persiguió por el pasillo central y le alcanzó por la espalda. El golpe le causó una herida profunda en la nuca y lo dejó malherido en el suelo. Rodríguez Lucena sobrevivió, pero las secuelas fueron devastadoras. Nunca volvió a oficiar misa y falleció nueve meses después de aquel ataque.
Kanjaa abandonó el templo y caminó decidido hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Palma, en pleno centro de Algeciras. Allí se topó con el sacristán Diego Valencia, que trató de protegerse con una silla mientras pedía ayuda. El agresor lo golpeó con el machete en el cuello y la cabeza, dejándolo malherido en el suelo. Valencia intentó huir hacia la Plaza Alta, pero Kanjaa lo siguió y le asestó dos golpes más, uno en el cuello y otro en la cabeza, que le provocaron la muerte inmediata.
El recorrido del atacante no terminó ahí. Tras matar al sacristán, se dirigió al Santuario de Nuestra Señora de Europa, donde golpeó reiteradamente la puerta cerrada del templo. Finalmente, caminó hasta el Mirador del Muro, aún empuñando el machete. Allí lo encontraron los agentes de la Policía Local, arrodillado y con el arma a su lado. No opuso resistencia.
La investigación posterior reveló que Kanjaa había entrado de forma irregular en España y tenía abierto un expediente de expulsión. En Algeciras vivía solo y sin trabajo estable. Los vecinos del barrio donde residía lo describieron en su día como un joven retraído, con episodios de conducta errática y un progresivo alejamiento de su entorno.
El Ministerio Fiscal sostiene que los hechos constituyen delitos de asesinato terrorista, tentativa de asesinato y lesiones, todos ellos de carácter terrorista. En su escrito, pide que se le aplique la atenuante muy cualificada de alteración psíquica, pero considera que no anula su responsabilidad penal, ya que mantenía un grado suficiente de conciencia para actuar con intención de “sembrar el terror entre los cristianos”.
La acusación particular, ejercida por la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT), eleva la petición de condena a 58 años de prisión y reclama que indemnice a la familia del sacristán con 150.000 euros para la viuda y 50.000 para cada uno de los hijos, además de 17.000 euros para el sacerdote herido y 3.700 euros para el ciudadano marroquí agredido al inicio del recorrido.
Durante las tres jornadas previstas de vista oral, se escucharán los testimonios de los agentes que intervinieron en la detención, de los testigos presenciales y de los peritos forenses y psiquiátricos que han evaluado al acusado. El propio Kanjaa declarará el miércoles, cerrando un proceso que mantiene en vilo a una ciudad que aún no ha olvidado aquella noche de horror.



