En una casa de Marbella, Alejandra y Jaime conviven desde hace un año con Batmancito, un bebé reborn que no llegó a sus vidas como un simple muñeco, sino como parte de un proceso mucho más íntimo: una terapia para afrontar la depresión, la ansiedad y el dolor de no poder formar la familia que ambos habían imaginado.
Su historia no deja indiferente a nadie. Despierta curiosidad, preguntas, críticas y también mucho prejuicio. Ellos lo saben. Por eso han decidido contarla de frente, con naturalidad y sin esconder lo que para muchas personas puede resultar difícil de entender. “La gente dirá: esta mujer está loca, esto me da miedo. Pero lo primero que hay que explicar es que es una terapia”, señala Alejandra.
La joven, de 27 años, explica que su deseo era tener un hijo junto a Jaime, de 56 años, con quien mantiene una relación marcada también por una diferencia de edad de tres décadas. Sin embargo, según relata, fue diagnosticada de un tumor en la silla turca, en el cerebro, que le provoca alteraciones hormonales y le impide quedarse embarazada.
“Entré en una depresión muy grande, en ansiedad, porque con mi esposo queríamos formar una familia”, cuenta Alejandra. A partir de ahí, Jaime decidió buscar ayuda profesional. Para ella no fue fácil dar ese paso. Reconoce que tenía miedo de acudir a un psicólogo o a un psiquiatra por el estigma que todavía pesa sobre la salud mental. “La sociedad, cada vez que dices que vas a buscar ayuda psicológica, te contextualiza como loco”, lamenta.
La terapia del bebé reborn: de la sorpresa inicial a la rutina diaria
La propuesta llegó en consulta. Según explican, la psicóloga les habló de la terapia del bebé reborn, una práctica que ellos describen como una herramienta utilizada en mujeres que no pueden tener hijos, en personas que han perdido bebés y también en casos de Alzheimer.
La primera reacción fue de desconcierto. Jaime reconoce que se sintió incluso molesto al escuchar que el proceso podía empezar con la compra de un muñeco. “Yo pensé: esta señora se está burlando de nosotros. ¿Cómo me va a decir que traigo a mi esposa enferma y que esto empieza por comprar un muñeco?”, recuerda.
Con el tiempo, asegura, entendieron que el bebé reborn no era el fin, sino una parte del procedimiento terapéutico. “Cuando empezamos a hacer la terapia y vimos los resultados, ahora somos convencidos de que es una terapia que podemos recomendar”, afirma Jaime, que asegura haber visto un cambio notable en Alejandra: de una mujer deprimida, sin ganas de salir ni de hacer nada, a una persona más alegre y activa.
Alejandra insiste en una idea clave: ella sabe perfectamente que Batmancito no es un bebé real. No lo confunde con un hijo de carne y hueso. Lo que defiende es que las emociones que le provoca sí son reales. Para explicarlo, Jaime utiliza una comparación sencilla: cuando alguien llora viendo una película, sabe que lo que está viendo son actores, pero las lágrimas y la emoción que siente son auténticas.
“Nosotros sabemos que el bebé no es real. Nunca hemos pensado que es un hijo de carne y hueso. Pero los sentimientos que nos produce cuando hacemos actividades normales con él sí son reales”, explica.
Batmancito y las emociones: ternura, rutina y una forma de sanar
Para Alejandra, Batmancito simboliza emociones. Habla de ternura, de felicidad y de una rutina que le permite acercarse, aunque sea de otra manera, a una maternidad que por ahora no puede vivir como esperaba.
“¿Qué sientes cuando ves un bebé? Te da felicidad, ternura, emoción. Para mí eso es lo que me genera todos los días”, explica la joven. En su caso, el muñeco forma parte de una rutina que intenta reproducir gestos cotidianos de una madre: levantarlo, prepararlo, organizar su mochila o salir con él.
Esa búsqueda de realismo fue precisamente lo que llevó a Alejandra a intentar inscribir a Batmancito en una guardería de Marbella. La idea, según explica, no era ocupar el lugar de un niño ni generar un conflicto, sino vivir parte de esa experiencia como un ejercicio dentro de su terapia.
“Lo que yo quería con la guardería era llevar a Batmancito porque la terapia se trata del realismo. Generar una rutina como lo hacen las madres: levantarse, organizar el bebé, prepararle su mochila, llevarlo al jardín o a la guardería y volver”, relata.
La respuesta fue negativa. Alejandra dice que entiende que pueda resultar extraño para otras familias, pero cree que el rechazo nace muchas veces de la desinformación y del prejuicio adulto. Según su experiencia, los niños reaccionan con más naturalidad que los padres. “Los niños no juzgan. Lo ven como un juguete, les parece lindo. Pero a los padres sí les genera rechazo”, afirma.
Tras esa experiencia, decidió no insistir más con otras guarderías. Aun así, asegura que continuará con una terapia que, según ella, le ayuda a estar mejor. “Para mí lo importante es seguir, ser feliz y disfrutar la vida”, sostiene.
El precio personal de hacer pública su historia
La vida de Alejandra y Jaime con Batmancito empezó en privado. No lo mostraban en redes sociales y llevaban la terapia en la intimidad. Sin embargo, como ambos trabajaban con contenido en redes, preguntaron a la psicóloga si podían compartir parte de ese proceso.
Según cuenta Jaime, la profesional le planteó a Alejandra una pregunta directa: si tuviera un hijo, ¿lo mostraría en redes sociales? Ella respondió que sí. Entonces decidieron hacerlo.
A partir de ahí, la historia se volvió viral. Jaime asegura que fueron de los primeros en mostrar públicamente cómo era la vida con un bebé reborn y que aquello provocó una enorme controversia. “Esto ha salido en todos los países, más de 500 millones de visualizaciones, nos han entrevistado muchísimos medios”, afirma.
Pero la exposición también tuvo un coste emocional muy duro para Jaime. De un matrimonio anterior tiene tres hijos, incluso mayores que Alejandra. Su hija mayor tiene 30 años. Según relata, al ver a su padre en redes sociales con un muñeco, sus hijos dejaron de hablarle.
“Cortan todo tipo de relación conmigo”, cuenta Jaime. El dolor, asegura, fue profundo. “A mis 56 años me quedé con cuatro hijos: tres de carne y hueso que no me hablan y uno de silicona que tampoco me habla. Al menos a este lo puedo cargar y lo puedo ver”, dice riéndose.
El rechazo familiar fue otro golpe que, según Alejandra, también llevó a Jaime a apoyarse emocionalmente en Batmancito. “Le ayudó terapéuticamente a sanar y a pensar que nunca es tarde”, explica ella.
Jaime matiza, eso sí, que un bebé reborn nunca sustituye a un hijo real. “Eso hay que dejarlo claro”, afirma. Pero reconoce que las experiencias que vive con Batmancito le ayudan a no sentir tanta tristeza por la distancia con sus hijos.
La adopción, el futuro y el deseo de ser madre
Una de las preguntas que más escucha la pareja es por qué no se plantean adoptar. Alejandra responde desde su propia historia. Ella también fue adoptada cuando tenía ocho meses y asegura que ama profundamente a su madre, pero reconoce que su infancia estuvo marcada por heridas relacionadas con la aceptación.
“No estoy en contra de la adopción. Me parece algo maravilloso porque a mí me dieron un hogar cuando era bebé”, explica. Sin embargo, también señala que antes necesita sanar y que su deseo principal era vivir un embarazo y tener un hijo con Jaime.
Alejandra sigue en tratamiento médico y mantiene la esperanza de que, con el tiempo, su situación pueda mejorar. “Tengo 27 años, todavía tengo tiempo”, afirma. Si finalmente no pudiera ser madre por otros medios, no descarta la adopción como última opción.
Jaime, por su parte, expresa un deseo muy personal. Por la diferencia de edad entre ambos, asume que probablemente él fallezca antes que Alejandra. Por eso le gustaría que, si la vida se lo permite, ella pudiera tener un hijo suyo. “Quiero que ella quede con algo de mí, con un recuerdo mío”, dice.
Un mensaje contra el prejuicio y el acoso en redes
Más allá de la historia de Batmancito, Alejandra y Jaime quieren dejar un mensaje claro: piden respeto. Aseguran que muchas personas les insultan, les llaman locos o se burlan de ellos sin conocer el contexto de su situación ni la dimensión terapéutica que, según explican, tiene este proceso para ellos.
“No discriminen ni hagan bullying a las personas que pensamos diferente”, pide Jaime. Para la pareja, su caso habla también de diversidad, de salud mental y de la dificultad que sigue existiendo para aceptar realidades que se salen de lo habitual.
Alejandra lo resume con una frase sencilla: “Solo sean felices”. Esa es, al final, la manera en la que ambos defienden su vida con Batmancito. No como una provocación, ni como una confusión con la realidad, sino como una forma de seguir adelante después de una etapa marcada por la depresión, el rechazo y el miedo.



