La noche, bajo los candiles, se tendió sobre la plaza de toros de Marbella como un manto de penumbra y misterio. El ruedo y los tendidos permanecían en completa oscuridad, apenas encendidos por el titilar de las velas y los candiles que daban nombre a la corrida. Sobre ese escenario íntimo y solemne, se escucharon los primeros compases del pasodoble del maestro Miguelín, abriendo el paseíllo como si la música viniera desde muy lejos, atravesando décadas y memorias.
No era un paseíllo cualquiera. Marbella colgaba el cartel de “No hay billetes” 41 años después, desde aquella tarde de 1986 en la que Paquirri y Paco Ojeda se midieron en un mano a mano que quedó grabado en la leyenda. Ayer, la historia volvió a latir con fuerza.
Morante, entre el cielo y el riesgo
De rodillas, como quien reza en la arena, Morante de la Puebla saludó al cuarto con un ramillete de lances a pies juntos que parecían bordados en hilo fino. Lo que vino después fue entrega absoluta, un toreo que cruzó las fronteras de lo humano, hasta que la tragedia rozó la gloria: el toro lo prendió de pitón a pitón, dejándolo a merced del destino. Los pitones pasaron a un suspiro de su rostro. Se levantó herido, con una brecha en la cabeza, para rematar con la serie más rotunda de la faena, un muletazo interminable que encendió los tendidos. Mató y paseó dos orejas y rabo en medio de la ovación de una plaza rendida.
En el primero, había firmado verónicas con sabor antiguo, acortando el viaje y domeñando la embestida, aunque el toro, con celo escaso y querencia acusada, no le puso las cosas fáciles. Hubo belleza en las series, pero la espada no acompañó y quedó en silencio.
Juan Ortega, la seda y la pureza
El segundo, cuajado y estrecho de sienes, traía dentro la embestida más dulce de la corrida. Juan Ortega lo entendió desde el saludo a la verónica, al que respondió Pablo Aguado con un quite por chicuelinas, replicado por tafalleras del propio Ortega, componiendo una de esas secuencias de capa que se guardan como joyas. La faena fue un ejercicio de naturalidad: coger, llevar y soltar, siempre en la línea curva, con un final de rodilla en tierra que puso la plaza en pie. Media estocada y oreja.
El quinto fue otra historia: toro sin clase, más por el camino del genio, que obligó a faena de muletazos sueltos. Ortega, fiel a su concepto, templó y alargó el trazo, arrancando otra oreja.
Pablo Aguado, clasicismo en vena
El tercero, toro de embestida irregular, tuvo en la mano derecha de Pablo Aguado su mejor espejo. Sin prisa, con clasicismo y gusto, fue ordenando embestidas y componiendo una obra breve pero armónica. Estocada entera y dos orejas.
El sexto llegó roto de un pitón al rematar en el burladero, protestado por el público. El presidente lo mantuvo, pero no se prestó a nada: embestida descompuesta, sin clase. Aguado se fue silencioso.
La noche marbellí quedó escrita en luz de candiles y aroma de época. Morante dejó la impronta del toreo que duele y que salva; Juan Ortega, la seda lenta que se derrama; Pablo Aguado, el perfume clásico que todo lo ordena. Afuera, la luna se posaba sobre la plaza como hace cuatro décadas, cuando otro “No hay billetes” marcaba la historia. Ayer, Marbella volvió a poner su nombre en la memoria taurina, con letras de oro viejo.
Ficha del festejo:
Marbella (Málaga), Corrida de los Candiles, lleno absoluto (“No hay billetes” 41 años después).
Toros de Garcigrande, bien presentados, desiguales de juego; segundo, el de más calidad; primero, quinto y sexto, los más ásperos.
Morante de la Puebla: silencio, dos orejas y rabo.
Juan Ortega: oreja, oreja.
Pablo Aguado: dos orejas, silencio.



