En la costa de Marbella, la belleza del Mediterráneo convive estos días con una amenaza silenciosa y persistente. Más de 1.800.000 kilos de algas invasoras han sido retirados en tan solo la primera quincena de julio por operarios municipales, un volumen equivalente a 90 camiones de 20 toneladas. La especie, de nombre científico rugulopteryx okamurae, no solo ha invadido las aguas de este enclave turístico, sino que está colapsando la capacidad del Ayuntamiento para mantener el litoral limpio y atractivo.
Detrás de esta emergencia medioambiental sin precedentes, se esconde un esfuerzo titánico pero solitario, como lo describe el concejal de Limpieza, Playas y Medio Ambiente, Diego López. “Este verano estamos afrontando una situación absolutamente desbordante que requiere medidas urgentes por parte del Gobierno central”, ha alertado el edil. Y es que, pese a la magnitud del problema, el Ejecutivo estatal aún no ha ofrecido ningún tipo de apoyo económico ni técnico.
El coste de esta lucha, hasta el momento, asciende a 139.392 euros únicamente durante los primeros quince días del mes. Una cifra que Marbella ha asumido en solitario, lo que ha llevado al Consistorio a exigir con más contundencia una respuesta coordinada entre administraciones.
Un operativo nocturno a contrarreloj
Cada día, mientras la ciudad duerme, una maquinaria compleja y silenciosa se pone en marcha desde las 2:00 hasta las 10:00 horas. Es el margen en el que los camiones pueden operar con seguridad antes de que las playas comiencen a llenarse de bañistas. Dos palas cargadoras, tres retroexcavadoras, un dumper y personal de refuerzo trabajan a destajo para retirar el alga antes del amanecer.
“No se trata solo de limpiar una playa; es una cuestión de salud ambiental y de imagen turística”, apunta López. La intención es clara: garantizar que cada mañana las playas estén en óptimas condiciones, a pesar de que la naturaleza siga lanzando toneladas de este residuo vegetal sobre la arena.
Un sobrecoste sin ayuda
La gestión de las algas no termina con su retirada del litoral. Una vez recogidas, son depositadas en una parcela municipal para su secado y reducción de peso, antes de ser trasladadas al Complejo Medioambiental Costa del Sol, donde son tratadas como residuo vegetal.
Cada tonelada tratada supone al Ayuntamiento un pago de 42,94 euros en concepto de tasa, un sobrecoste que, según ha recalcado el concejal, se suma a los ya elevados gastos del operativo diario. “Estamos asumiendo en solitario también ese gasto, sin ayuda de ninguna administración”, ha lamentado.
Playas más afectadas y consecuencias directas
Las zonas más castigadas por esta oleada de algas han sido Nueva Andalucía, Fontanilla, Venus y Cabopino, si bien también se han realizado actuaciones intensivas en San Pedro Alcántara y La Bajadilla. La presencia masiva de esta especie no solo genera malos olores e impide el baño en condiciones higiénicas, sino que además afecta gravemente a la calidad ambiental y la experiencia de los turistas y residentes.
“Son muchos kilos diarios de algas los que llegan a nuestras playas”, ha recalcado Diego López. El impacto, por tanto, va mucho más allá de la mera acumulación de materia vegetal. Lo que está en juego es el atractivo turístico de Marbella, su economía local y la calidad de vida de los vecinos.
Una crisis que se cronifica
Desde el Ayuntamiento no se niegan a su responsabilidad: la limpieza de playas es competencia municipal. Pero, como advierte López, “este es un problema global que excede los trabajos ordinarios y que afecta a la integridad del dominio público marítimo-terrestre, competencia del Gobierno central”.
En ese contexto, la falta de apoyo del Estado resulta incomprensible para el Consistorio. La rugulopteryx okamurae se ha convertido ya en un enemigo ambiental que se cronifica, con presencia cada vez más intensa y prolongada en el tiempo, y para el que Marbella no puede seguir luchando en solitario.
El edil ha vuelto a lanzar un llamamiento urgente: “El esfuerzo municipal está siendo titánico, pero insuficiente sin una respuesta coordinada de las administraciones”. Por ahora, la batalla continúa cada madrugada, en silencio, sin cámaras ni pancartas, pero con maquinaria pesada, operarios agotados y un litoral que no puede esperar más.



