El Incosol vuelve a la vida: el hotel donde Bin Laden disfrutó del lujo de Marbella antes del terror

Del spa del Incosol a las cuevas de Tora Bora. Antes de fundar Al-Qaeda, Osama Bin Laden disfrutó del lujo y la impunidad de la Marbella de los petrodólares

Osama Bin Laden marbella

El Hotel Incosol vuelve a abrir sus puertas medio siglo después de su inauguración. Un símbolo que resurge de entre las ruinas del lujo perdido, pero también un espejo en el que se refleja un pasado que Marbella apenas menciona. Porque por sus pasillos, cuando los petrodólares corrían como el champán, pasaron reyes, traficantes de armas, estrellas de Hollywood y algún que otro futuro terrorista.

Entre los huéspedes ilustres del que fue el “Titanic del turismo de salud” estuvo un joven saudí que, en los años setenta, aún no soñaba con torres ni con guerras santas. Osama Bin Laden, hijo número diecisiete (sí, 17, han leído bien) del magnate de la construcción Mohammed Bin Awad Bin Laden, visitó la Costa del Sol entre finales de los setenta y mediados de los ochenta, según publicó el Diario Sur, en 2001. Acompañado por algunos de sus cincuenta hermanos, se alojaba entre el Marbella Club y el Incosol, entonces Omphalos del frenesí costasoleño.

Cincuenta años después, el Incosol renacerá con una inversión de casi 90 millones de euros. Pero la historia que encierra entre sus muros no se mide en ladrillos ni en metros cuadrados. Es la historia de un tiempo en que Marbella fue el patio de recreo del Golfo Pérsico, y donde un futuro líder yihadista bailó, literalmente, al ritmo de la noche.

Los “jeques” que no eran jeques

En aquella Marbella de los setenta, tan de postal y pecado, mucho pecado, los Bin Laden eran conocidos como “los jeques”. “Sabíamos que no lo eran, pero gastaban tanto dinero o más que ellos”, recordaría un trabajador de la discoteca Regine’s, citada por el Sur. Regine’s —el club fundado por la empresaria francesa Régine Zylberberg en el hotel Puente Romano— fue la época del exceso. Allí coincidían aristócratas europeos, potentados árabes y alguna actriz olvidada que seguía creyéndose estrella.

Entre ellos, el joven Osama, que, relataba el arabista Rafael Valencia en una entrevista a El Mundo, fue visto “en Marbella, con pantalones de campana, sin señales de religiosidad, creyendo solo en las discotecas de Puerto Banús”. La escena, contada hoy, parece un mal sueño: el mismo hombre que más tarde declararía la guerra a Occidente bailando bajo las luces de neón del hedonismo marbellí.

El reino de los petrodólares

El Incosol y el Marbella Club fueron los templos de aquella edad dorada. Por sus suites pasaron el príncipe Rainiero, Audrey Hepburn o Salvador Dalí.

Y también, discretamente, los Bin Laden, los Khashoggi y otros nombres que unían negocios, petróleo y poder.

En 1979, la llegada del rey Fahd de Arabia Saudí consolidó la Costa del Sol como la meca del lujo árabe. El periodista José Luis Yagüe recordaría años después cómo el monarca, tras hospedarse en el Incosol, exclamó: “Marbella me recuerda a Tierra Santa”. El tráfico de guardaespaldas, escoltas y médicos saudíes era incesante. Y en ese escenario, los jóvenes millonarios saudíes —entre ellos los Bin Laden— disfrutaban sin tapujos del ocio más occidental.

La familia Bin Laden no solo veía en Marbella un destino de descanso, sino una oportunidad de negocio. Su conglomerado, el Saudi Binladin Group, tenía vínculos con constructores y financieros europeos. En la Costa del Sol descubrieron un mercado en expansión: turismo, ladrillo y anonimato.

Las noches del pecado

En las fiestas de Puerto Banús, donde los barcos servían más para aparentar que para navegar, los Bin Laden eran invitados habituales. “Donde hay dinero siempre hay putas y drogas”, recordaba Luis F. Romo en un artículo en El Mundo en el 2021. Y, por supuesto, música disco. Y abogados. En Regine’s, Régine mezclaba clientes como cócteles: aristócratas británicos, jeques con sus harenes, playboys madrileños y, a veces, algún futuro terrorista que aún no lo sabía.

Allí, bajo luces estroboscópicas, se cruzaban Osama Bin Laden y los colaboradores del traficante de armas Adnan Khashoggi, dueño de la mansión La Baraka, hoy La Zagaleta. Antiguos empleados de Khashoggi confirmaron que los Bin Laden asistieron a sus legendarias fiestas, aquellas en las que los invitados llegaban en helicóptero y la champaña se servía con bengalas.

El fantasma de una fotografía

De aquellos años no se conserva imagen alguna. Quien intentaba retratar una fiesta, vendía el carrete antes de revelar las fotos. Agencias internacionales llegaron a ofrecer un millón de pesetas por una imagen de Bin Laden joven, bailando o bebiendo alcohol. Nunca apareció. O quizá alguien la compró para enterrarla. En Marbella, el silencio también cotiza. ¿Os imagináis cuanto puede valer hoy en día una fotografía de esas?

De la suite al desierto

A finales de los setenta, Osama Bin Laden dejó atrás la Costa del Sol y se unió a la guerra contra la URSS en Afganistán. El periodista Richard Labévière recordaría que lo hizo con el respaldo indirecto de la CIA, que por entonces financiaba a los muyahidines. En 1988 fundó Al-Qaeda, la red terrorista que años más tarde ejecutaría los atentados del 11-S.

El contraste sigue siendo brutal: del jacuzzi del Incosol a las cuevas de Tora Bora, del champán al Kalashnikov. Quizá por eso esta historia suene tan a parábola: un símbolo de cómo la Costa del Sol, tan dada al lujo, también fue semillero involuntario de sus propias sombras.

La familia que siguió viniendo

Mientras Osama desataba el caos y se convertía en el enemigo número 1 «del mundo libre«, sus hermanos siguieron visitando Marbella. Según El País, Bakar Mohamed Bin Laden y otros miembros de la familia asistieron en 1999 a una recepción del rey Fahd, alojándose en el Hotel Las Dunas de Estepona. Los servicios de seguridad españoles, alarmados, temieron por un instante que fuera el propio Osama. No lo era. Pero la coincidencia dejaba una estampa inquietante: el apellido más temido del mundo, de nuevo en la Costa del Sol.

El Incosol vuelve a levantar su fachada blanca. Lo hará como resort médico, con promesas de longevidad y bienestar integral. Pero cada piedra tiene memoria. Y si sus muros pudieran hablar, contarían una historia menos zen: aquella en la que un joven millonario saudí bailaba entre aristócratas europeos, antes de convertirse en el hombre más buscado del planeta.

Marbella no olvida, aunque finja hacerlo. Aquí, el pasado se entierra en silencio, bajo un campo de golf o un nuevo hotel de cinco estrellas. Y como se dice por ahí, “en esta ciudad hasta el infierno tuvo su temporada alta”.