Los ‘guardianes’ del fondo marino: así trabaja la Armada para proteger los cables submarinos

Los cazaminas rastrean el fondo marino con sonares de última generación y vehículos operados por control remoto como el Pluto Plus

buque Turia
Buque Turia.

El fondo marino también forma parte de la seguridad nacional. Bajo el agua discurren cables de fibra óptica, gasoductos y otras infraestructuras esenciales cuya protección se ha convertido en una prioridad para las Fuerzas Armadas. En aguas de Málaga, el buque Turia, uno de los seis cazaminas con nombre de río de la 1ª Escuadrilla de Medidas Contra Minas de la Armada, participa estos días en una operación de presencia, vigilancia y disuasión.

La unidad está integrada por los buques Sella, Segura, Tambre, Turia, Duero y Tajo, auténticos guardianes del fondo marino. Su misión consiste en localizar y neutralizar minas con explosivos, además de comprobar el estado de infraestructuras submarinas críticas y detectar posibles objetos que puedan representar una amenaza.

A bordo del Turia, el capitán de fragata Javier Molina, comandante de la escuadrilla, explica a EFE que el buque está centrado en una infraestructura concreta para comprobar su estado y verificar si existe cerca algún elemento sospechoso. “No suele ocurrir, pero si un día existe, se trata de que tengamos una foto lo más actualizada posible”, señala el mando de la Armada.

Entre esas infraestructuras se encuentran miles de kilómetros de cables submarinos que canalizan el tráfico de internet, así como gasoductos que permiten transportar gas natural a través de tuberías instaladas en el lecho marino. El Departamento de Seguridad Nacional considera los cables submarinos de fibra óptica una infraestructura crítica, ya que por ellos circula el 99% del tráfico de datos de internet, y ha alertado del riesgo de sabotaje.

La vigilancia también alcanza a otras infraestructuras estratégicas, como los gasoductos. El precedente del ataque a los Nord Stream, ocurrido en septiembre de 2022 en el mar Báltico, sirve como referencia del impacto que puede tener una acción de sabotaje sobre el suministro energético.

El director de la Escuela Militar de Buceo, el capitán de fragata José María Liarte, subraya que las Fuerzas Armadas tienen encomendada la protección de las infraestructuras críticas submarinas tanto en aguas de soberanía nacional como en espacios marítimos de interés. “No puedes vigilar y proteger aquello que no conoces”, apunta al explicar la importancia de estas operaciones de conocimiento del entorno.

La vigilancia se mantiene las 24 horas del día, durante los 365 días del año, a través del Centro de Operaciones y Vigilancia de Acción Marítima, ubicado en Cartagena. Desde allí se realiza el seguimiento de las operaciones y se decide el envío de una unidad si aparece alguna sospecha.

El contexto internacional ha elevado la atención sobre estas misiones. El Departamento de Seguridad Nacional ha alertado de un repunte crítico de la presencia de buques rusos no identificados, la llamada flota fantasma rusa, en zonas estratégicas como Canarias, el estrecho de Gibraltar y el mar de Alborán, lo que multiplica el riesgo de sabotaje. Liarte precisa, no obstante, que la amenaza no se limita a estos buques: también puede proceder de embarcaciones que busquen patrimonio arqueológico subacuático o de pesqueros ilegales en zonas de interés nacional.

Los cazaminas de la Armada cuentan con características muy específicas. Están construidos con plástico reforzado y fibra de vidrio, materiales que reducen la posibilidad de ser detectados y les dan una mayor resistencia ante el choque provocado por explosiones submarinas. Además, su sistema de combate es de fabricación íntegramente nacional.

Para rastrear el fondo marino utilizan sonares de imágenes de última generación, capaces de peinar zonas de hasta 200 metros de profundidad. Si la exploración confirma que un objeto sospechoso es una mina, actúan primero los buceadores de la Armada, conocidos como los TEDAX del mar. Si el riesgo es demasiado elevado, entran en acción vehículos operados por control remoto, como el Pluto Plus.

Este robot acuático permite localizar, identificar y destruir minas marinas sin poner en peligro la vida de los buceadores. La sargento Daniela, suboficial de armas destinada en el cazaminas Turia, explica que el minisubmarino se sumerge conectado al buque mediante un cable y avanza hacia la zona sospechosa guiado por el sónar. Después utiliza cámaras de alta resolución y luces para confirmar visualmente si el objeto es una mina.

Una vez identificada, el Pluto Plus se sitúa debajo del artefacto y libera una carga explosiva adosada a su parte inferior. El robot se aleja entonces a una distancia segura y vuelve a ser izado a cubierta antes de que la carga sea detonada por control remoto desde el interior del buque. En una misión como la que desarrolla actualmente el Turia, este vehículo puede realizar una media de dos o tres intervenciones diarias.

“La amenaza es continua. Desgraciadamente, la mina es un vector extremadamente barato y que puede causar un impacto estratégico grande”, advierte el comandante de la escuadrilla. De hecho, todavía aparecen minas e incluso torpedos de la Segunda Guerra Mundial con carga explosiva. “Todos los años aparece alguna en el Mediterráneo”, asegura.

La Armada también prepara un refuerzo de sus capacidades de intervención subacuática. A finales de año recibirá el buque de acción marítima de intervención subacuática Proserpina y, un año después, el Poseidón. Ambos estarán destinados a misiones de salvamento, apoyo y rescate de submarinos, además de operaciones de buceo profundo.

El Proserpina, conocido en el ámbito marino como “la hormiga atómica”, es un buque de 33 metros de eslora y 1.200 toneladas que fue botado hace unos meses y será entregado a la Armada a finales de año. El Poseidón, de 5.500 toneladas, tendrá capacidad de intervención hasta al menos 4.000 metros de profundidad e incorporará un vehículo autónomo capaz de operar hasta 6.000 metros.

A estos medios se sumará la adquisición prevista de drones submarinos con capacidad para trabajar hasta 3.000 metros de profundidad. Estas nuevas herramientas ampliarán la capacidad de intervención más allá del límite humano actual, fijado en 114 metros. Las infraestructuras submarinas discurren por todo el lecho marino y, en ocasiones, se encuentran enterradas a profundidades medias de unos 2.000 metros.

“Con estos nuevos medios vamos a tener capacidad sobrada de actuar a esa profundidad”, recalca Liarte. La vigilancia del fondo marino, cada vez más estratégica, sitúa a buques como el Turia en una misión clave para la seguridad marítima, la protección de las comunicaciones y la defensa de infraestructuras esenciales. Fuente: EFE.