23 goles en 4 partidos hubo ayer en la jornada de la Champions y no fue ni la mitad de interesante que el embrollo que hay montado por la interrupción de la conexión de alta velocidad entre Madrid y Málaga en plena antesala de la Semana Santa… y por las elecciones, que no se le olvide a nadie.
El episodio comenzó cuando Diario SUR publicaba en la red social X un vídeo en el que se advertía del impacto económico de la falta de AVE en la provincia. El mensaje acompañaba a una cifra contundente: más de 1.300 millones de euros en pérdidas (la verdad que la cifra un poco exagerada sí que parece), según estimaciones del sector turístico, que confiaba en una recuperación del servicio antes del Viernes Santo.
La reacción no tardó en llegar. El ministro de Transportes, Óscar Puente, que no se pierde una, citaba la publicación con un escueto mensaje: “Qué poquito respeto por sí mismos”. Una respuesta breve, pero suficiente para encender las redes.
Y a partir de ahí, lo que podía haber sido una discusión puntual sobre cifras —que ya de por sí tienen su miga— se convirtió en una especie de tertulia nacional en abierto, pero sin moderador y con el botón de publicar demasiado a mano. Porque cuando el debate pasa de los datos al tono, ya no hay quien lo encarrile.
En ese punto entró en escena el presidente de la Diputación de Málaga, Francisco Salado, que decidió salir en defensa de la prensa local. Y lo hizo con un mensaje claro: respaldo a los medios malagueños por su papel histórico en la defensa de los intereses de la provincia y crítica directa al ministro por la forma de responder.
Salado vino a decir, en resumen, que la crítica forma parte del juego democrático y que no parece la mejor estrategia responder a ella a golpe de tuit. Incluso dejó caer, con cierta ironía, que quizá si se dedicara más tiempo a la gestión que a las redes sociales, el famoso talud de Álora estaría ya en otra fase de la historia. Una frase que, sin levantar mucho la voz, deja caer bastante peso.
Pero la cosa no se quedó ahí. Porque cuando hay un problema que afecta directamente al turismo y a la economía, y además huele a campaña electoral, nadie quiere quedarse fuera. Los ayuntamientos de la Costa del Sol tampoco han perdido la oportunidad y se han sumado, uno tras otro, al coro de críticas por el corte del AVE. Y, en este caso, con bastante lógica: son los primeros que notan el impacto, los que ven cómo se resienten las reservas y cómo el visitante empieza a mirar otras opciones más cómodas, y los que menos culpa tienen.
Desde distintos puntos de la provincia se repite el mismo mensaje: preocupación, urgencia y presión para que la conexión se recupere cuanto antes. Un discurso que no sorprende si se tiene en cuenta que la Semana Santa, aquí, no es solo tradición, sino también economía pura y dura.
Mientras tanto, el ministro no solo responde, sino que también se emplea a fondo en redes, saliendo al paso de críticas, defendiendo la gestión y, de paso, marcando perfil en un contexto donde el ruido político va en aumento. Porque a nadie se le escapa que lo que se mueve de fondo no es solo un talud en Álora, sino un escenario electoral en el que el PSOE andaluz tiene por delante una cuesta complicada (por llamarle de alguna manera al desastre que se les viene). Y en ese tablero, cada mensaje cuenta.
Es en ese contexto donde entra Adelante Andalucía, con su portavoz José Ignacio García, aportando su propia lectura del asunto. Según su planteamiento, si el problema afectara a una línea del norte de España, ya estaría solucionado. Una idea que busca conectar con ese sentimiento de agravio territorial que siempre encuentra hueco cuando la cosa aprieta, y cuando no tienes nada mejor que ofrecer al electorado.
El problema es que el argumento está un poco… desnortado. No tanto por el contenido —que cada cual tiene el suyo—, sino por el momento y la forma. Porque suena más a posicionamiento en campaña que a análisis real de la situación. Un intento de subirse a la ola del malestar con un discurso que mezcla victimismo y territorialidad con un punto de chovinismo que, a estas alturas, ya no sorprende a nadie.
Al final, todo contribuye a una sensación bastante clara: el problema es real, pero el debate se está jugando en varias capas a la vez. La técnica, la económica y la política. Y en esta última, cada uno intenta colocar su relato.
Y mientras tanto, el ciudadano —que al final es quien se come el viaje con transbordo— contempla el espectáculo con una mezcla de resignación y hastío, camino del trabajo tras una hora de atasco, sorteando baches como quien esquiva obstáculos en una gymkana. Porque una cosa es el debate político, que tiene su función, y otra muy distinta la sensación de que todo se juega en un tablero paralelo donde el problema real queda relegado a un segundo plano.
Al final, lo que queda es una imagen bastante clara: la alta velocidad se ha parado, pero el ruido va a toda máquina. Y en ese ruido, cada uno intenta colocar su mensaje, su relato y su posición. Unos hablan de respeto, otros de manipulación, otros de agravios y otros de gestión. Pero el tren, de momento, sigue sin llegar.
Y quizá ahí está la clave de todo esto. Que mientras se discute quién tiene razón, quién falta al respeto o quién exagera más, el problema sigue exactamente en el mismo sitio donde empezó: en un talud que se vino abajo y en una línea que no funciona cuando más se necesita.
Lo demás, como suele pasar, es política. Y de la de manual.



