En el mundo del la delincuencia, el ruido es el enemigo y la discreción, el mejor aliado. Hay ladrones que entran a patadas, reventando marcos y despertando a medio vecindario, y luego están los otros. Los que entran como si vivieran allí, saludan con la cabeza si se cruzan con alguien y salen con los bolsillos llenos sin que nadie sospeche nada hasta que es demasiado tarde. A este segundo grupo pertenecía el hombre de 30 años que la Policía Nacional acaba de detener en Fuengirola. Un especialista en el «golpe limpio» que traía de cabeza a los investigadores del Grupo de Robos.
El golpe maestro en la conserjería
Su modus operandi no era sofisticado tecnológicamente, pero sí terriblemente efectivo por su audacia. El sospechoso sabía dónde estaba el verdadero tesoro de un bloque de apartamentos turísticos del Paseo Marítimo: no en las cajas fuertes de las habitaciones, sino en la portería.
Fue allí donde dio el primer paso. En lugar de asaltar una vivienda al azar, forzó la entrada de la garita del conserje y reventó la caja de seguridad. No buscaba dinero en efectivo, buscaba acceso. Se llevó ocho juegos de llaves. Ocho pasaportes directos al interior de ocho viviendas diferentes. Con ese manojo en el bolsillo, el edificio se convirtió en su autoservicio particular.
Entrar por la puerta grande
Lo que vino después es la pesadilla de cualquier inquilino o propietario. Con las llaves en su poder, el ladrón no necesitaba palanquetas ni destornilladores. Solo tenía que esperar. Vigilaba, controlaba las entradas y salidas y, cuando el apartamento quedaba vacío —con los turistas probablemente disfrutando de la playa o cenando fuera—, él subía, metía la llave en la cerradura y entraba.
La primera denuncia que llegó a la Comisaría de Fuengirola ya olía mal a los veteranos del Grupo de Robos. Una vivienda desvalijada, joyas y objetos de valor desaparecidos, pero la puerta estaba intacta. Ni un rasguño. Eso, en el argot policial, suele significar dos cosas: o el ladrón es alguien del entorno, o tiene copias. Cuando cruzaron este dato con la denuncia del robo en la conserjería, las piezas del puzle encajaron solas. No era magia, era la llave original (o su copia legítima).
La caída en el hostal
La impunidad le duró poco. Los agentes de Seguridad Ciudadana y los investigadores de Robos estrecharon el cerco rápidamente. Sabían a quién buscaban y, sobre todo, qué buscaban. Lo localizaron en un hostal de la misma localidad de Fuengirola, un refugio habitual para delincuentes itinerantes que buscan pasar desapercibidos entre el trasiego de viajeros.
Cuando entraron en su habitación, no hubo lugar a dudas. Allí estaba todo: la ropa que vestía en los golpes —captada probablemente por alguna cámara o testigo—, parte del botín y, lo más incriminatorio, las llaves de uno de los apartamentos que había asaltado. Se le acabó la racha.
Se le atribuyen cuatro robos con fuerza en inmuebles y una tentativa chapucera en un club de pádel de la zona, donde también intentó hacer de las suyas. Ahora duerme en calabozos, y los vecinos del Paseo Marítimo, aunque tendrán que cambiar bombines y cerraduras por seguridad, podrán volver a dormir tranquilos sabiendo que el hombre que tenía las llaves de sus casas ya no patrulla sus pasillos.



