En un tiempo en que el periodismo se ejercía con pluma, tinta y, en ocasiones, espada, Augusto Suárez de Figueroa y Ortega inscribió su nombre en la historia de la prensa española no solo por su talento e innovación en los medios, sino también por su trágico final.
En la historia del periodismo español, pocos nombres resuenan con tanta fuerza como el de Augusto Suárez de Figueroa y Ortega, un esteponero nacido en 1852 en la calle Blas Ortega, a escasos metros de la iglesia de Santa María de los Remedios. Este militar, político y, sobre todo, periodista revolucionario, dejó una huella imborrable en el panorama mediático de España, no solo por su innovadora visión en la prensa, sino también por su trágica muerte el 1 de enero de 1904 en Málaga, que lo convirtió en el último periodista fallecido en un duelo de honor en el país. A 121 años de aquel suceso, su legado sigue vivo en la Costa del Sol y más allá.
Augusto Suárez de Figueroa no fue un periodista cualquiera. Veterano de las guerras carlistas, donde combatió en el bando liberal y ejerció como corresponsal de El Orden en 1874, su carrera despegó en las redacciones de diarios emblemáticos como El Imparcial, La Iberia y La Bandera Liberal. Sin embargo, su mayor contribución llegó como director de publicaciones que transformaron el oficio. En 1885 fundó y dirigió El Resumen, un periódico que, bajo su liderazgo, se convirtió en altavoz del Partido Reformista. Más tarde, en 1893, asumió la dirección de El Heraldo de Madrid, donde reunió a los mejores redactores de la época, y en 1902 fundó El Diario Universal, un rotativo que marcó un antes y un después en el diseño y la accesibilidad de la prensa.
Su innovación no se limitó a los contenidos. Según relata José María Guerrero en La Vanguardia (16/12/2023), Suárez de Figueroa introdujo titulares atractivos, grabados sobre zinc para ilustrar noticias y un formato que acercó los periódicos a las masas, alejándolos de las élites. Juan Fermín Vílchez, citado en Cuadernos de Periodistas (2004), lo describe como “el primer confeccionador español de periódicos” y destaca que fue el primer director en contratar a una mujer, Carmen de Burgos, como redactora en El Diario Universal, un hito para la época.
La vida de Suárez de Figueroa estuvo marcada por la polémica y el riesgo, reflejos de un periodismo valiente y sin concesiones. Su muerte llegó tras un duelo a sable en Málaga con el hijo del general Manuel de Salamanca Negrete, ex capitán general de Cuba. El enfrentamiento, ocurrido el 1 de enero de 1904, tuvo su origen en las críticas de Figueroa a la gestión de Salamanca en 1890, publicadas en sus columnas. Según Antonio Martín Escorza en El Mundo (28/12/2003), el hijo del general, ofendido, retó al periodista al “campo del honor”. El lance, celebrado con espadas, acabó con heridas fatales para el esteponero, quien falleció a los 55 años.
La prensa de la época, temerosa de represalias, fue discreta. El Diario Universal, que él dirigía y que cumplía un año el 2 de enero de 1904, atribuyó su muerte a un “oscuro azar”, mientras El Liberal lo despidió con una metáfora: “Se ha roto como una noble espada de Toledo”. Solo el sacerdote José Ferrándiz, amigo de Augusto, ofreció detalles del duelo en Figueroa íntimo (Diario Universal, 2/01/1904), un texto que desveló la intensidad del enfrentamiento.
El duelo fatal no fue el único en su vida. En 1887, ya había cruzado armas con el hijo de Salamanca, resultando herido en un brazo, y en 1891 se batió con Javier Beránger, hijo del ministro de Marina, tras otro enfrentamiento periodístico (Real Academia de la Historia). En 1895, sus críticas desataron el asalto a las redacciones de El Globo y El Resumen por oficiales subalternos. Estos episodios reflejan una era en la que el periodismo y el honor se dirimían con pistolas y espadas, y las redacciones, como la de La Correspondencia, tenían salas de esgrima para preparar a sus redactores.
Augusto Suárez de Figueroa no solo fue un periodista de renombre, sino también un hombre comprometido con su tierra. Como diputado nacional, utilizó su influencia para ayudar a Estepona tras unas devastadoras inundaciones, un gesto que le valió el título de Hijo Predilecto del municipio, según Manuel Sánchez Bracho en Encuentro con Estepona (1984). Aunque rechazó que una calle llevara su nombre en vida, hoy una plaza en Estepona y otra en Málaga —la actual Plaza de la Marina— lo recuerdan. En Madrid, una calle en Chueca también perpetúa su memoria desde 1904.
Su entierro, el 4 de enero de 1904, reunió a figuras como el conde de Romanones y José Canalejas, así como a numerosos compañeros de profesión. Periódicos de toda España, desde La Correspondencia de España hasta El Diario de la Marina, lamentaron su pérdida, destacando su lucha por la libertad y su brillantez como escritor y orador.
La muerte de Suárez de Figueroa cerró un capítulo en la historia del periodismo español. Los duelos, comunes en el siglo XIX como respuesta a ofensas publicadas, comenzaron a extinguirse poco después. En 1915, tras un escándalo en Madrid, las autoridades tomaron medidas drásticas contra estos lances, y en Europa ya habían sido prohibidos desde 1905, según ABC (05/08/1905). Tribunales de honor reemplazaron las armas, marcando el fin de una práctica tan romántica como letal.



