Una narcolancha cargada hasta los topes de bidones de gasolina encalló en la Playa del Paraíso Barronal, en Estepona. Lo cuenta Fuengirolasequeja, y no es ninguna sorpresa: la Costa del Sol lleva años siendo la puerta de entrada para el contrabando. Aquí, donde el sol brilla para los turistas, las sombras del tráfico ilícito se mueven a sus anchas.
La embarcación no pasa desapercibida. Es una de esas semirrígidas que parecen sacadas de una película de acción: entre 12 y 16 metros de largo, con hasta cinco motores rugiendo a 200 caballos cada uno. Un bicho capaz de volar a 60 nudos y descargar su carga en cualquier playa antes de que te dé tiempo a pestañear. Los bidones de gasolina —o los depósitos trucados que llegan a esconder 5.000 litros— son su combustible, literal y figurado, para cruzar el Estrecho y burlar a quien se ponga por delante.
Desde hace unos años, la ley intenta ponerle freno a este desmadre. El 27 de octubre de 2018 entró en vigor el Real Decreto Ley 16/2018, un texto que agarra por el cuello a estas narcolanchas y las mete en el saco de los “géneros prohibidos”, según la Ley Orgánica 12/1995 de Represión del Contrabando. ¿Qué significa eso? Que si tienes una lancha de menos de 8 metros con más de 150 kW de potencia, o una más grande que huela a trapicheo, estás en el punto de mira. Fabricarlas, arreglarlas, moverlas o simplemente tenerlas en el garaje puede meterte en un lío si se demuestra que son para el negocio sucio. Y el control se extiende desde las aguas interiores hasta la zona contigua del mar territorial.
Pero no todo el que tiene una lancha es un narco en potencia. El decreto deja fuera a los barcos de la Guardia Civil, el Servicio de Vigilancia Aduanera o los yates de recreo que cumplen las normas. También a las auxiliares que van pegadas a un barco madre. La idea es cazar a los malos, no a los que pescan los domingos.
Lo que pasa en sitios como la Playa del Paraíso Barronal no es nuevo. Estas narcolanchas desembarcan donde les da la gana, a veces con el sol en lo alto y los bañistas sacando el móvil para grabar el espectáculo. Es una mezcla de descaro y necesidad: las costas de Málaga, con su acceso fácil y su cercanía al Estrecho, son un caramelo para las redes que mueven droga, tabaco o lo que caiga. Y aunque las autoridades no han soltado prenda sobre este caso concreto, el guion es el de siempre: investigar de dónde viene, adónde iba y cuánta gasolina llevaba esa mole antes de que alguien la reclamase o la quemase.
La Costa del Sol no descansa. Ni los turistas, ni los contrabandistas.



