Aunque pueda parecer ficción, nuestro planeta probó la ‘siembra de nubes’ para provocar la precipitación en años de sequía como el que estamos viviendo actualmente. Una idea que partió de los Estados Unidos en 1940 y que llegó a nuestro país en el año 1979 cuando decenas de países coordinados con la Organización Mundial Meteorológica (OMM) participaron del Proyecto para la Intensificación de la Precipitación (PIP).
La idea consistía en añadir sales a las nubes superenfriadas para provocar la formación de núcleos hidroscópicos que atraparan el vapor de agua y facilitar la formación de gotas de lluvía. Según recoge Vozpópuli, los primeros intentos habían sido con hielo seco y después se vio que la sal de las placas fotográficas, el yoduro de plata, tenía la estructura ideal para este tipo de experimentos. “Durante décadas se estuvieron probando varios sistemas, pero eran experiencias no muy coordinadas y se hacían en diferentes lugares del mundo con resultados dispares”, explica a Next del meteorólogo José Miguel Viñas. “Así que la OMM quiso hacer una experiencia controlada y convocó a sus miembros a un gran experimento, que fue el proyecto PIP”. Tras una minuciosa evaluación, escribe el meteorólogo Ángel Rivas, el comité ejecutivo recomendó dos posibles emplazamientos, uno en Australia y otro en España, y en abril de 1978 se decidió que fuera en España por la situación geográfica “muy ventajosa para la participación de la mayoría de países que deseaban tomar parte en el proyecto”.
El principal centro de operaciones del experimento se estableció en un hangar de la Base Aérea de Villanubla, en Valladolid, cedido por el Ministerio de Defensa. Según recoge El Norte de Castilla, allí se instalaron las 52 personas, procedentes de siete países, seleccionadas para trabajar en la primera fase del proyecto, cuya duración total prevista iba a ser de unos ocho años; entre enero de 1979 y mayo de 1987. Finalmente el programa no arrancó hasta el mes de marzo de 1979, hace hoy cuarenta años. Junto a los recursos humanos llegaron los primeros medios técnicos: dos aviones con sofisticados sistemas para medidas en el interior de las nubes; un equipo de radiosondeo montado sobre un autobús y un receptor de datos del satélite Meteosat; un captador de gotas de lluvia; distintos dispositivos para la recogida de muestras de núcleos de condensación de las nubes y una importante red de pluviógrafos.

Tras las primeras mediciones y observaciones que fueron interpretadas como positivas para el desarrollo del experimento en fases sucesivas, en enero de 1980 arrancó la segunda etapa de este proyecto que había despertado expectación en el mundo entero por ser la primera vez que se llevaba a cabo una empresa internacional de tal naturaleza. En esta segunda fase, concebida como de exploración del lugar desde el punto de vista climatológico y que duró hasta el mes de mayo del mismo año, intervinieron un total de 69 técnicos. A los medios técnicos se sumaron un radar meteorológico, un digitalizador conectado con el radar, equipos de radiosondeo y una estación receptora de satélites, un aparato medidor del diámetro de gotas de nube y aviones-laboratorio.
La tercera campaña dio comienzo en 1981. Al equipo técnico se le unió, en esta última fase, un radar doppler para medir las velocidades verticales de la precipitación. Pero no hubo suerte. A pesar de los esfuerzos humanos, técnicos y económicos los resultados no fueron los esperados. El principal problema fue que el tipo de nubes que se formaban en esta zona geográfica no eran idóneas para la ‘siembra’ así que, después de estas tres primeras campañas, la OMM decidió no seguir adelante con el Proyecto de Intensificación de la Precipitación (PIP). «De haber triunfado se podría haber modificado entre un 10% y un 20% la intensificación de las precipitaciones», recordaba el por aquel entonces director general del Instituto Nacional de Meteorología, Ángel Gonzalez Rivero, en una de sus intervenciones públicas también recogidas por El Norte de Castilla.
Las estelas en el cielo no están relacionadas con estas técnicas de siembra de nubes
Por último, otra de las cosas que aclara AEMET es que las estelas que a veces se ven en el cielo y que se utilizan para defender la teoría conspirativa de los “chemtrails», no están relacionadas con la siembra de nubes. Esto es porque la siembra de nubes tiene lugar en muy pocos lugares y muy pocas ocasiones (cuando las condiciones son propicias) y, en muchos casos, se hace desde el suelo, sin intervención de ningún avión.
Por su parte, las estelas de condensación son nubes de hielo en forma de largas líneas que se forman por la condensación del vapor de agua contenido en las emisiones de los motores de los aviones. Aquellas estelas más densas y persistentes ocurren cuando la humedad en la atmósfera es elevada, por lo que la estela no se disipa, y pueden durar horas, aclara la AEMET en su web. “Las estelas de condensación de los aviones no tienen nada que ver con que llueva o deje de llover”, explicó a Maldita.es el portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), Rubén del Campo.



