‘The Economist’ pone a Málaga en el mapa mundial, pero lanza una advertencia: ojo con el turismo y la vivienda

La revista británica elogia el renacer de la capital de la Costa del Sol como polo cultural y tecnológico, pero advierte que el éxito puede volverse en contra si no se controla el crecimiento

Puerto Malaga
Vistas del Puerto de Málaga en una imagen de archivo – Álex Zea – Europa Press

Hubo un tiempo en que Málaga era ese lugar por el que se pasaba sin mirar atrás. Los turistas aterrizaban, alquilaban un coche y salían disparados hacia Marbella, Torremolinos o Nerja. El centro era una postal en sepia, con edificios antiguos sin alma, fábricas cerradas y más nostalgia que futuro. Hoy, esa imagen ha quedado enterrada bajo toneladas de color, cultura y codicia tecnológica. Y hasta la prensa internacional lo reconoce.

Esta semana, la revista The Economist ha puesto su foco en el espectacular renacer de Málaga, esa ciudad andaluza que ha pasado de estar a la sombra de la Costa del Sol a brillar con luz propia. Lo que era un secreto a voces para muchos locales y visitantes fieles, ahora se grita en inglés desde uno de los medios más influyentes del planeta: Málaga ha cambiado. Y mucho.

El viaje comenzó a principios de siglo. En 2003, el Ayuntamiento decidió apostar fuerte por su hijo más célebre: Pablo Picasso. Aquel museo que lleva su nombre no solo trajo visitantes, también atrajo confianza. Le siguieron otros centros culturales, como la sede del Centre Pompidou o el Museo Carmen Thyssen. Málaga empezó a entender que podía ser algo más que sol y pescaíto.

Pero la verdadera revolución se fraguaba lejos del paseo marítimo, en un valle donde nacía el entonces modesto Parque Tecnológico de Andalucía. Hoy, aquel experimento conjunto entre instituciones y una caja de ahorros se ha convertido en uno de los motores económicos del sur de Europa, con 28.000 empleados, empresas como Google, Accenture o Vodafone, y un tejido creciente de startups centradas en ciberseguridad, videojuegos y microelectrónica.

La combinación de arte, clima y tecnología ha sido explosiva. Y para el alcalde Francisco de la Torre, que lleva al frente del Ayuntamiento desde el año 2000, el secreto ha estado en la estabilidad, la formación profesional y una ciudad que sabe seducir sin perder el norte.

Sin embargo, todo éxito trae consecuencias. Y Málaga no es una excepción.

El primer gran problema tiene nombre y cifras: vivienda. La ciudad simplemente no da abasto. Se construyen unas 9.000 nuevas casas, pero la demanda sigue siendo voraz. Los precios suben, la oferta escasea y muchos malagueños miran con recelo cómo sus barrios se transforman demasiado rápido.

El otro gran desafío es el que más ruido hace, literalmente: el turismo masivo. El casco histórico acumula más de 6.000 pisos turísticos, una cifra récord en España. Lo que antes era un barrio, hoy parece una mezcla de hotel y parque temático. Vecinos como Carlos Carrera denuncian escenas que se repiten cada fin de semana: gritos, peleas, turistas borrachos en los portales y bares que no bajan la persiana hasta las 2 de la mañana.

Desde el Ayuntamiento aseguran que se ha frenado la concesión de nuevas licencias y se están cerrando pisos ilegales. Pero el debate ya está en la calle: ¿hasta dónde puede estirarse el modelo sin romperse?

Y sin embargo, es difícil no sentir orgullo. Como dijo José María Luna, que fue el jefe de cultura de la ciudad durante más de una década, “Málaga era una ciudad en blanco y negro, y ahora está en color”. Quizá con demasiado neón en algunas calles, pero con una energía que no se puede negar.

Málaga ya no quiere ser solo el lugar donde aterrizas para ir a otro sitio. Quiere ser el sitio al que vienes, el que eliges, el que te atrapa. Y eso, guste o no, ya no hay quien lo pare.