Sol, matorral y piedra caliente. Entre pinares costeros, senderos escondidos y rincones soleados de municipios como Benalmádena, Casares, Marbella, Estepona o Mijas, vive uno de los grupos de animales más antiguos, resistentes y discretos del Mediterráneo: las lagartijas. Pese a su tamaño, estos reptiles juegan un papel clave en los ecosistemas de la Costa del Sol, controlando insectos y sirviendo de alimento a numerosas aves y pequeños mamíferos.
Son veloces, camaleónicas y sorprendentes. Algunas brillan con colores anaranjados al sol, otras se camuflan como si fueran parte del suelo. Desde la lagartija colilarga, habitual en encinares y arenales, hasta la nerviosa y escurridiza cenicienta, típica de espartales y zonas abiertas, cada una ha encontrado su nicho en este paraíso bañado de luz y vegetación.
En este artículo te invitamos a conocer mejor a cinco de las especies más comunes de lagartijas que puedes encontrar mientras paseas por la Costa del Sol. Una guía para mirar al suelo con otros ojos y entender por qué estos pequeños animales merecen toda nuestra atención… y protección.
1- Lagarto ocelado y lagarto bético: los guardianes escamosos de la Costa del Sol

Si alguna vez ha paseado por la Sierra de Mijas, ha recorrido la Gran Senda de Málaga o ha descansado en un parque de Benalmádena, quizá se haya cruzado con un auténtico titán del mundo reptiliano: el lagarto ocelado (Timon lepidus), o su primo más discreto, el lagarto bético (Timon nevadensis). Ambos son los grandes saurios de la provincia de Málaga, y aunque durante mucho tiempo se consideraron la misma especie, los estudios genéticos han revelado que no son tan iguales como parecía.
¿Cómo distinguirlos?
El lagarto ocelado, también conocido como el «dragón mediterráneo», es un reptil robusto, con una longitud que puede alcanzar los 65 cm, e incluso rozar los 90 cm en casos excepcionales. Su cuerpo está cubierto de escamas verdosas decoradas con ocelos azules (esas manchas circulares tan características que le dan nombre), orladas de negro y dispuestas de forma simétrica a lo largo de los costados. Su vientre, por lo general, es de un tono amarillento o blanquecino.
El lagarto bético, por su parte, es algo más discreto en apariencia: el verde se sustituye por tonos ocre o gris verdoso, y aunque también luce ocelos azulados, carecen del borde negro que adorna al ocelado. En la zona ventral, su color tiende más al blanco hueso. Eso sí, tanto uno como otro son igual de llamativos en su juventud, cuando sus cuerpos juveniles se llenan de pequeños puntos y ocelos sobre fondos grisáceos o verdosos.
¿Dónde viven estos lagartos?
Estos dos saurios no son nada exigentes a la hora de elegir hogar. Les basta con un lugar soleado, refugios naturales y algo de tranquilidad. Podemos encontrarlos en zonas de matorral, olivares, claros de bosque, bordes de caminos, terrenos agrícolas, dunas, jardines urbanos e incluso en arboledas de pequeños pueblos. En la Costa del Sol están presentes en municipios como Benalmádena, Mijas, Marbella, Casares, Ojén o Estepona, entre otros.
Uno de sus hábitats preferidos son los olivares de la comarca de Antequera, donde el lagarto ocelado campa a sus anchas. También se han registrado poblaciones urbanas, como en el parque de La Alameda de Ronda.
Un estilo de vida entre el sol y la discreción
Diurnos por naturaleza, estos lagartos son amantes del sol, pero no tanto del calor extremo. Por eso, durante el verano pueden modificar sus hábitos y volverse más activos al caer la tarde o en las horas más frescas. En invierno hibernan, aunque no es raro verlos salir en días templados. Son animales solitarios, territoriales y algo misántropos, como el personaje de Shakespeare del que toma su nombre latino Timón.
Cuando llega la época de apareamiento, la historia se complica. El macho se acerca con cierto ímpetu a la hembra, en un ritual que a veces roza lo violento. Después del cortejo y la cópula, cada uno vuelve a su vida, sin sentimentalismos.
Ágiles, veloces y grandes trepadores, estos lagartos son capaces de escalar árboles de varios metros con sorprendente rapidez. Pero, eso sí, si se sienten amenazados, lo más probable es que desaparezcan en un parpadeo.
Una dieta variada y una mordida potente
Su dieta es digna de un auténtico depredador del bosque mediterráneo. Se alimentan principalmente de insectos —escarabajos, hormigas, escolopendras—, pero también incluyen en su menú reptiles más pequeños, anfibios, huevos de aves, polluelos, pequeños roedores y carroña. Incluso no le hacen ascos a unos frutos silvestres. A diferencia de otros lagartos, cazan activamente a sus presas. Y si se le ocurre intentar coger uno con la mano, cuidado: su mordedura puede ser muy dolorosa.
Importancia ecológica (y agrícola)
Más allá de su espectacular apariencia, estos lagartos juegan un papel crucial en los ecosistemas donde habitan. Ayudan a controlar poblaciones de insectos y otros pequeños animales, por lo que son auténticos aliados naturales para los cultivos. En los huertos malagueños son guardianes discretos, pero eficaces, que mantienen a raya a muchas plagas sin necesidad de pesticidas.
Una joya natural que debemos proteger
Ver a un lagarto ocelado tomando el sol sobre una piedra no solo es un espectáculo para la vista, sino también una lección de armonía natural. Su cuerpo escamoso refleja los rayos solares en tonos verdeazulados y amarillos que compiten en belleza con las mariposas más vistosas. Son verdaderas joyas vivas del bosque mediterráneo, que merecen nuestro respeto y conservación.
Así que la próxima vez que vea uno en su camino, no se asuste, ni lo espante. Deténgase, observe y tómese un respiro. Puede que ese lagarto, con su mirada fija y su quietud ancestral, le esté enseñando a disfrutar del momento con la misma calma con la que él absorbe los rayos del sol.
2- Lagartija de Edwards: la más discreta de las pequeñas lagartijas malagueñas

Hasta hace no mucho, era una más entre las llamadas “lagartijas cenicientas”. Pero el avance de la genética ha permitido a los científicos afinar el zoom: lo que antes era una sola especie, hoy se ha descompuesto en tres. Así ha emergido la lagartija de Edwards (Psammodromus edwardsianus), una criatura menuda, veloz y esquiva que habita los rincones más soleados y despejados de la provincia de Málaga. Su nombre es nuevo, pero su historia se remonta mucho más atrás. Simplemente, no habíamos aprendido a mirar con suficiente precisión.
Una lagartija diminuta con mucha personalidad
De todas las lagartijas que corretean por la provincia, la de Edwards es la más pequeña: apenas 11 centímetros de longitud total. Eso sí, su cuerpo compacto y su cabeza algo más puntiaguda le dan un aire más robusto que la también menuda lagartija andaluza, con la que a menudo se la confunde.
Su dorso, grisáceo o verdoso, está salpicado de pequeñas manchas negras y blancas, flanqueadas por dos líneas laterales claras que pueden recordar el tono del limón. Las escamas del lomo son grandes, solapadas y con un relieve bien marcado, lo que le da un aspecto casi “acorazado” si se la observa de cerca. La barriga, en cambio, es suave, clara y brillante, como si fuera de porcelana.
Juveniles y adultos comparten la mayoría de rasgos, aunque los más jóvenes suelen vestir un tono más oscuro, como si llevaran aún el camuflaje de la timidez.
Entre espartales y pinares degradados
A la lagartija de Edwards le van los espacios abiertos pero con cobertura baja. Es habitual encontrarla en matorrales ralos, pastizales, zonas de cultivo tradicional y, sobre todo, en los típicos tomillares, espartales y bordes de pinares degradados. En altitud no se corta: desde la costa hasta las medias alturas de la montaña mediterránea, siempre que haya vegetación discreta, calorcito y buen sol, ella estará cerca.
En la Costa del Sol, ha sido citada en lugares como Marbella, Mijas, Ojén o Benalmádena, donde aprovecha los claros y los márgenes de caminos rurales para calentarse al sol. Eso sí, sin alejarse nunca demasiado de los matorrales: la discreción es parte de su naturaleza.
Hábitos solares, dieta insectívora y celo temprano
Como buena lagartija mediterránea, la de Edwards aprovecha al máximo las horas de sol. Es activa incluso en invierno si el día es claro y sin viento. Se mueve con agilidad entre las piedras y las hierbas, persiguiendo a sus presas: pequeños insectos y arañas que caza al acecho o en rápidos ataques.
Su ciclo reproductivo arranca pronto, entre marzo y mayo, e incluso en febrero si las temperaturas lo permiten. La hembra excava un pequeño hueco en el suelo para depositar de 2 a 6 huevos, y no es raro que repita la operación una segunda vez en la misma temporada. En poco menos de dos meses, las pequeñas lagartijas empiezan a corretear, réplicas en miniatura de sus progenitores.
Una especie poco amenazada, pero vulnerable
Aunque no está considerada una especie amenazada, la lagartija de Edwards sí está protegida por la legislación andaluza, como muchas otras pequeñas joyas de la fauna autóctona. Su fragilidad no radica tanto en su número como en la pérdida progresiva de sus hábitats: la agricultura intensiva, la urbanización descontrolada y el abandono del pastoreo tradicional están transformando los paisajes donde solía campar a sus anchas.
Una nueva especie con vieja historia
Este caso es un ejemplo paradigmático de cómo la genética ha revolucionado la herpetología en las últimas décadas. Lo que antes parecía una única especie, al estudiarse a fondo, revela una complejidad inesperada. Así, Psammodromus edwardsianus ha dejado de ser una “cenicienta” para reivindicar su lugar propio en el catálogo de la biodiversidad malagueña.
Su distribución es amplia, pero aún mal conocida. Es probable que esté presente en buena parte de la provincia, aunque de forma puntual en zonas muy transformadas, como las campiñas de Antequera. De hecho, se sospecha que acompaña a los senderistas en muchas etapas de la Gran Senda de Málaga, aunque pase desapercibida para la mayoría.
Una presencia discreta pero constante. Una especie que, sin hacer ruido, sigue tejiendo su historia entre tomillos, espartos y rayos de sol.
3- La lagartija colirroja mayor: la reina de los arenales malagueños

En los rincones más áridos y soleados de Málaga, donde la arena se cuela entre los dedos y el matorral bajo resiste al viento y al sol, hay una criatura que se mueve con la elegancia de quien domina su territorio. Es la lagartija colirroja mayor, una experta corredora de dunas que, con sus patas finas, su cola rojiza y su mirada de cejas marcadas, parece sacada de un antiguo relato naturalista. Aunque poco conocida por el gran público, esta especie es una joya del paisaje malagueño.
Una anatomía hecha para correr en la arena
La lagartija colirroja mayor puede alcanzar los 20 centímetros de longitud total, desde la punta del hocico hasta el extremo de la cola. Y esta última es especialmente llamativa: ocupa casi dos tercios del cuerpo, es larga, estilizada y presenta una intensa coloración rojiza en los laterales y la parte ventral, sobre todo en hembras y juveniles.
El cuerpo es robusto, con una cabeza ancha y hocico corto y romo. Pero lo que más destaca son sus placas supraoculares, que le dan un aspecto curioso, como si tuviera cejas bien dibujadas. El cuerpo está cubierto de escamas finas y lisas, como si fueran granos de arena incrustados, salvo en la cola, donde se vuelven aquilladas, con una línea central que recuerda a la quilla de un barco. Las patas posteriores son especialmente fuertes, con uñas muy largas que le permiten moverse con soltura sobre suelos blandos.
Los juveniles presentan un diseño espectacular: bandas longitudinales muy contrastadas, en tonos blancos, ocres y marrones oscuros, y una cola roja encendida que parece una antorcha viva en movimiento.
Dunas, sierras y sol: su hábitat ideal
Esta lagartija tiene gustos muy concretos. Es una especie termófila, amante del calor, y busca hábitats muy específicos: suelos sueltos, como arenales costeros, dunas o laderas dolomíticas, con escasa vegetación y algo de matorral bajo para resguardarse. Evita zonas agrícolas, pero no le hace ascos a altitudes elevadas si el terreno es favorable.
En la provincia de Málaga es frecuente, sobre todo en la zona occidental de la Costa del Sol, en municipios como Marbella, Mijas, Estepona, Benalmádena, Casares u Ojén. También aparece en sierras como Blanca, Mijas, Bermeja o Tejeda, donde encuentra suelos pedregosos y desmenuzados, ideales para excavar sus refugios.
Una vida activa al ritmo del sol
De hábitos diurnos, la lagartija colirroja mayor está activa en los meses cálidos del año. En la costa puede verse casi todo el año, salvo en los días más fríos, mientras que en el interior hiberna durante otoño e invierno, escondida en pequeñas huras excavadas por ella misma, orientadas al sur para aprovechar el calor solar.
Se alimenta de insectos, como hormigas, chinches o escarabajos, pero no le hace ascos a caracoles ni a flores, de las que consume los pétalos. Ágil y veloz, se desplaza de forma muy característica, con la cabeza y la cola levantadas del suelo, como si deslizara en lugar de correr.
Una de sus estrategias defensivas más curiosas es la autotomía: si un depredador la atrapa por la cola, puede soltarla voluntariamente. La cola sigue moviéndose, distrayendo al enemigo, mientras la lagartija se escabulle. Y más adelante, la regenera.
Especialista en arenas móviles
El diseño de esta especie está tan adaptado a los suelos arenosos que sus patas traseras parecen auténticas raquetas de nieve naturales. Tienen dedos alargados y escamas aserradas que les permiten desplazarse con agilidad sin hundirse. Por eso son las reinas indiscutibles de los arenales, unas auténticas atletas del subsuelo.
Amenazas y protección
A pesar de su relativa abundancia, la lagartija colirroja mayor no está exenta de amenazas. Está incluida en el Listado Andaluz de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, debido a la pérdida progresiva de su hábitat, tanto por la urbanización del litoral (que ha destruido muchas poblaciones costeras) como por la matorralización y densificación forestal del interior, que reduce el tipo de terreno abierto que necesita.
La lagartija colirroja mayor es una superviviente especializada, que ha hecho del calor y la arena su hogar. Su presencia discreta pero constante en los rincones más calurosos de Málaga es un símbolo de adaptación, velocidad y belleza natural. Si un día ves una llamarada roja desaparecer entre la arena, ya sabes quién ha pasado por allí.
4- Lagartija colilarga: la forestal más ágil de Málaga que usa su lengua para “oler” el amor

En el tapiz natural de la provincia de Málaga, hay una especie que pasa desapercibida para muchos caminantes pero que es una verdadera joya biológica: la lagartija colilarga (Psammodromus algirus). Este reptil de aspecto robusto y cuerpo alargado puede llegar a medir hasta 32 centímetros, y gran parte de esa longitud corresponde a su característica más llamativa: una cola extremadamente larga, que duplica con creces la distancia entre su cabeza y el inicio del tronco.
Aspecto y comportamiento: una superviviente entre la hojarasca
La lagartija colilarga presenta un diseño corporal adaptado a la perfección a los entornos forestales. Su piel, cubierta de escamas aquilladas (con una especie de “quilla” central), tiene un tono pardo verdoso sobre el que destacan dos líneas longitudinales amarillas o blancas, además de pequeños ocelos azulados en los costados. La parte inferior del cuerpo es clara, de tonos crema, mientras que las patas y la cola se tiñen de anaranjado vivo, una señal especialmente intensa en los individuos jóvenes.
Durante la época de celo, los colores se intensifican: los machos exhiben tonos anaranjados en los laterales de la cabeza y la garganta, mientras que las hembras adoptan una tonalidad amarilla, como si la primavera prendiera fuego en sus escamas.
Dónde vive: un habitante fiel de los bosques malagueños
A diferencia de otras lagartijas más urbanitas o amantes del pedregal, la colilarga prefiere zonas de bosque y matorral, desde pinares a encinares, pasando por dehesas y áreas con cobertura vegetal densa. También aparece en arenales costeros con algo de matorral, aunque en zonas agrícolas solo sobrevive en los linderos o reductos donde la vegetación natural aún resiste.
En la provincia de Málaga está muy bien representada, siendo una de las especies más comunes. Se encuentra prácticamente en todas las etapas de la Gran Senda y en municipios como Casares, Mijas, Marbella, Benalmádena, Estepona u Ojén.
Cómo vive: un oído fino y una lengua que «huele» el entorno
Es una especie diurna, aunque en pleno verano puede mantener cierta actividad nocturna. Su calendario vital abarca desde febrero hasta octubre, aunque los días soleados de invierno también la sacan a tomar el sol, especialmente a los ejemplares más jóvenes.
Se mueve con soltura entre la hojarasca, y aunque prefiere el suelo, no duda en trepar si es necesario. Su dieta es variada y está basada en pequeños invertebrados, que caza tanto al acecho como de forma activa. Para detectarlos usa el oído, pero también recurre a un sofisticado sistema sensorial: el órgano vomeronasal (o de Jacobson), un mecanismo que, con ayuda de su lengua bífida, le permite captar señales químicas en el aire.
Este detalle no es menor: la lengua de las lagartijas no sirve para morder ni picar, sino para «olfatear» lo que no se ve. Recolectan partículas del entorno que luego llevan al interior de la boca, donde este órgano especializado las analiza. El resultado: un mapa invisible de olores, feromonas y presencias que le permite a la lagartija interpretar su mundo… y encontrar pareja. Porque sí, “el amor está en el aire”, y esta especie lo detecta como ningún otro vertebrado de la zona.
Estado de conservación y amenazas
La lagartija colilarga está incluida en el Listado Andaluz de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, aunque por ahora no se encuentra en peligro. Sus principales amenazas derivan de la alteración de su hábitat natural, especialmente la conversión de áreas forestales en terrenos agrícolas intensivos.
5- Lagartija cenicienta: la corredora discreta del monte mediterráneo

Pequeña, ágil y sorprendentemente escurridiza. Así es la lagartija cenicienta (Psammodromus hispanicus), una de las especies más comunes y características de los entornos abiertos del sur peninsular. Su cuerpo estilizado no suele superar los 15 centímetros de largo, aunque su comportamiento rápido y vivaz le permite recorrer su territorio a toda velocidad, siempre a ras de suelo.
A simple vista puede parecer discreta, pero si uno se fija bien, descubrirá su belleza mimética: un dorso que varía entre tonos gris ceniciento, pardo o incluso verdoso, cruzado por cuatro finas líneas longitudinales claras —blancas, amarillentas o verdosas— interrumpidas por pequeñas manchas oscuras que la camuflan perfectamente en espartales, tomillares y terrenos con vegetación baja. Las escamas dorsales son grandes y aquilladas, con ese característico relieve que recuerda a la quilla de un barco. Su vientre es blanquecino o amarillento, y los ejemplares jóvenes lucen colores algo más apagados, aunque igual de funcionales para pasar desapercibidos entre los matorrales.
Una vida al sol, pero sin piedras
A diferencia de otras lagartijas que trepan o se tumban sobre rocas, la cenicienta prefiere los claros de vegetación para calentarse al sol. Es una amante de los espacios abiertos, con suelos compactos y vegetación escasa, donde pueda correr sin obstáculos pero cerca de arbustos donde esconderse si hace falta. Durante el invierno, si el día es soleado y sin viento, no duda en salir a activarse, manteniendo así su actividad prácticamente todo el año.
Caza pequeños insectos y arañas con precisión milimétrica, gracias a su velocidad, agilidad y a un instinto depurado. Su dieta es modesta, pero cumple un papel vital en el equilibrio de los ecosistemas mediterráneos.
Corta vida, pero intensa
La lagartija cenicienta no suele vivir más de tres años, aunque en ese corto periodo no pierde el tiempo. Su periodo reproductor se extiende desde marzo hasta julio. Los apareamientos se concentran en primavera, y la hembra puede realizar hasta dos puestas al año, con entre dos y seis huevos por puesta. La incubación dura unos dos meses, y los recién nacidos alcanzan la madurez sexual al año siguiente.
Una habitual de la Gran Senda de Málaga
Se trata de una especie ampliamente distribuida por toda la provincia de Málaga, y puede encontrarse en prácticamente todas las etapas de la Gran Senda. Aunque no se considera amenazada, los cambios en el uso del suelo o la desaparición de sus hábitats más característicos podrían poner en riesgo algunas poblaciones locales.
Una presa escurridiza
Por su tamaño y abundancia, forma parte del menú de muchos depredadores, desde aves rapaces hasta pequeños mamíferos. Pero eso no la convierte en una presa fácil. Su capacidad de camuflaje, su velocidad de reacción y su instinto nervioso la convierten en una auténtica superviviente del monte bajo.
Y así, sin grandes alardes ni colores llamativos, la lagartija cenicienta corretea por nuestros campos, recordándonos que a veces, los protagonistas de la naturaleza no son los más vistosos, sino los que mejor saben pasar desapercibidos.



