Darle un hogar a un niño es una de las cosas más bonitas y satisfactorias que se puede experimentar a lo largo de la vida. Si no que se lo digan a Marisa, de Benalmádena, que no solo es madre biológica, sino también madre de acogida y adoptiva. Su corazón, tan amplio como su dedicación, ha hecho de su vida una misión: brindar a niños un hogar lleno de amor, protección y esperanza.
“Lo mejor que podemos hacer es ayudar a los demás”, dice Marisa con una sonrisa que refleja la gratitud de su alma. Su historia es la de una mujer que ha abierto las puertas de su casa, una y otra vez, para acoger a niños en situaciones vulnerables. Ella no solo les ofrece un techo, sino algo mucho más valioso: la oportunidad de sentir lo que muchos no conocen, el calor de un hogar.
Marisa recuerda con cariño cómo llegó su primera experiencia de acogida. “Nosotros echamos la solicitud, el ofrecimiento, y a los cuatro o cinco meses llegaron unos hermanos”, dice, con la emoción de revivir esos momentos tan especiales. Estos niños, que habían pasado por una situación difícil, encontraron en Marisa y su familia el espacio para sanar, crecer y, lo más importante, ser felices.
“Mientras esos niños estuvieron con nosotros, nunca estuvieron en un centro. Les dimos todo lo que necesitaban y nunca tuvieron», continúa Marisa, con la mirada llena de ternura. La despedida, cuando llegó el momento, no fue amarga, sino llena de satisfacción: “Me siento muy feliz cuando se van porque sé que se fueron muy felices. Sé que les dimos lo mejor que pudimos en esa etapa, y cuando llegaron a su familia, estaban listos para empezar una nueva vida”.
Para Marisa, ser madre de acogida no solo se trata de dar un espacio físico en su hogar. Se trata de llenar esos espacios con emociones, con recuerdos y con experiencias que un niño necesita para crecer. “Cuando traes a un niño a casa, lo llevas al parque, ves esa cara de felicidad, le das un beso de buenas noches, le preparas la cena y le lavas la cabeza, eso es lo mejor que nos puede pasar. Esos niños nunca habían vivido eso, y es una alegría poder dárselo”, comparte con un brillo especial en sus ojos.
Ella cree firmemente que el acompañamiento y la acogida son fundamentales para evitar el desamparo. Marisa defiende que, cuando se tiene un niño en acogida, no solo se le da un techo, sino también una oportunidad de reconducir su vida, de enseñarle que el amor puede sanar incluso las heridas más profundas. Para ella, cada niño que ha pasado por su hogar ha sido una pequeña victoria. Y aunque algunos de esos niños hayan regresado con sus familias biológicas, siempre lleva en su corazón la satisfacción de haber hecho una diferencia.
“Es importante dar más acompañamiento, más acogida. Eso puede evitar que un niño pase por el desamparo”, afirma con determinación. El amor que Marisa ofrece a los niños es incondicional, y lo más valioso es saber que ella ha sido parte de un camino hacia su futuro, un futuro lleno de posibilidades.
Hoy, Marisa es madre de su hijo biológico, de una hija adoptada, de un niño en acogida y de dos más que, gracias a su generosidad, han encontrado el apoyo y la estabilidad que necesitaban. Con cada niño que entra y sale de su vida, Marisa demuestra que ser madre no es solo una cuestión de biología, sino de amor. Un amor que no tiene fronteras, que se extiende más allá de la sangre y que se construye día a día, gesto tras gesto, sacrificio tras sacrificio.
El hogar de Marisa es, ante todo, un lugar de esperanza, donde los niños encuentran lo que más necesitan: una segunda oportunidad, un nuevo comienzo, y un futuro mejor. Y eso, para ella, es lo más hermoso que se puede ofrecer.



