La familia Ocaña, cuatro generaciones unidas por el mismo sueño: hacer el mejor queso de Málaga

Un premio que reconoce mucho más que un producto: una forma de vivir el campo

Crestellina casares quesos
Crestellina.
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Un galardón que reafirma una forma de entender la vida”. Con esas palabras, Juan Villalón, alcalde de Casares, felicitaba a Juan Ocaña y su familia, alma de Crestellina, tras recibir el Premio Sabor a Málaga 2025 al Mejor Curado elaborado con leche pasteurizada. Un reconocimiento que vuelve a situar a Casares en el mapa de la excelencia gastronómica y que celebra algo más que un producto: celebra una filosofía, un legado familiar y una forma de hacer las cosas con calma, respeto y autenticidad.

Cuatro generaciones y una historia tejida en leche y esparto

La historia de Crestellina no se escribe con grandes fábricas ni maquinaria moderna. Se escribe con manos curtidas, montañas y paciencia. Todo comenzó en 1930, cuando los bisabuelos María Bravo Calderón y Juan Ocaña Quirós compraron su primera finca, La Cosalva, en la Sierra Crestellina de Casares. Allí nacieron los primeros quesos payoyos, elaborados de forma artesanal y conservados en salmuera del Mediterráneo, tras un curioso viaje de trueque hasta Gibraltar. En aquellas alforjas de burro viajaban los quesos casareños a cambio de grano, café o azúcar. Era el sustento de una familia que, sin saberlo, estaba construyendo uno de los grandes nombres del queso andaluz.

Décadas después, la tradición se mantuvo viva. El matrimonio formado por Juan Ocaña Quirós y Ana Mateo Quiñones fundó en 1997 la quesería formal, donde Ana se convirtió en maestra quesera. Con el paso del tiempo, los hijos Juan y Ana Ocaña Mateo, cuarta generación, tomaron el relevo modernizando la marca —antes “Quesos Sierra Crestellina”— y convirtiéndola en la actual Crestellina, con sello ecológico desde 2021.

Una familia, un equipo, una filosofía

Detrás de cada queso hay un nombre y una historia. Juan Ocaña, nacido en 1982, es el rostro más visible de la empresa. Emprendedor, comunicador nato y defensor del campo, ha logrado que los quesos de Crestellina lleguen a las mejores cocinas y a los principales medios nacionales. “Cuando está detrás del mostrador, los quesos se los quitan de las manos”, dicen en el pueblo.

A su lado, Ana Ocaña, su hermana, representa el alma productiva de la quesería. En sus manos, el arte de transformar la leche en quesos, yogures y requesones alcanza un nivel casi artístico. Cada tabla de queso que prepara en sus caterings es una obra que se saborea primero con la vista.

La madre, Ana Mateo, sigue siendo el pilar de todo. Con más de cuarenta años de experiencia, su olfato sustituye a cualquier termómetro: sabe cuándo hay que dar el siguiente paso solo con oler la mezcla. “A ella le debemos el sabor de Crestellina”, confiesa la familia. Su legado, como sus recetas de chivo casareño o gazpacho caliente, forma parte del alma gastronómica de Casares.

En el equipo también destaca Juan Corbacho, conocido como Juan el Cabrero, natural de Algodonales y parte esencial de la explotación caprina. Ágil, trabajador y entregado, se ha convertido en uno más de la familia Ocaña Mateo. Y completando el grupo, Cristina Rodríguez, natural de Benalauría, responsable de comunicación y de las experiencias queseras, coordina las visitas a la granja y las ferias gastronómicas donde Crestellina sigue conquistando corazones y paladares.

Crestellina: el campo hecho sabor

Hoy, Crestellina no es solo una quesería: es una historia viva de Casares. Desde su finca en La Laguna, rodeada de pastos mediterráneos donde pastan las cabras payoyas ecológicas, elaboran productos que capturan la esencia de la naturaleza. “Cada queso que sale de nuestra quesería encierra una pequeña historia, un cuento de amor a la naturaleza”, dice la familia. Y lo cierto es que lo consiguen: sus quesos huelen a Sierra, saben a mar y hablan el idioma de la tierra.

El premio Sabor a Málaga 2025 no solo distingue la calidad del producto, sino el valor humano y cultural que representa Crestellina. Es un reconocimiento a una forma de vida que se resiste a desaparecer, a la paciencia frente a la prisa, a lo artesanal frente a lo industrial.

Como dijo el alcalde, este premio “vuelve a poner a Casares en el mapa de la excelencia gastronómica”. Y es que, cuando algo está hecho con alma, se nota. Y se saborea.