No hay verano en la Costa del Sol sin su buena dosis de “guiris”. Pero, ¿nos hemos parado alguna vez a pensar de dónde viene esa palabra que usamos casi sin darnos cuenta para referirnos a los turistas extranjeros? Aunque hoy suena simpática —casi entrañable en ciertos contextos—, «guiri» no nació precisamente para hacer amigos. Su historia es larga, cambiante y, como buena palabra viva, ha pasado por múltiples manos, idiomas y conflictos.
Del campo de batalla a las chanclas con calcetines
El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) recoge el origen de “guiri” en las guerras carlistas del siglo XIX. En aquel entonces, los partidarios del infante don Carlos, enfrentados a los que apoyaban a la reina regente María Cristina de Borbón (los llamados cristinos), comenzaron a referirse a estos últimos con el apodo de «guiristinos». La forma, derivada de la fonética euskera, acabó reduciéndose con el tiempo a ese escueto “guiri”.
¿Quiénes eran esos cristinos? Entre otras cosas, las fuerzas del Gobierno, en las que se encontraba la Legión Auxiliar Británica, enviada por el Reino Unido para apoyar a la reina. Así, el término empezó a tomar forma con tintes de extranjería, autoridad y diferencia cultural. Nada que ver aún con las chanclas, el calor y las sombrillas, pero todo llegaría.
Un guiño a los uniformes… y a la Guardia Civil
Hay quien sugiere incluso que el término nació de las siglas G.R.I. (Guardia Real de Infantería), estampadas en los gorros y cartucheras de los soldados cristinos. El escritor Benito Pérez Galdós, en su obra Zumalacárregui, lo recoge con cierta sorna: “A los de la Guardia se les llamó entonces guiris porque llevaban tres letras, G. R. I., en la gorra y la cartuchera”.
Más adelante, ya en pleno siglo XX, la palabra “guiri” se coló en el lenguaje popular para aludir a los cuerpos de seguridad del régimen franquista, en especial la Guardia Civil y la Policía Armada, y no precisamente con afecto. Fue una forma más de referirse a “los otros”, a quienes representaban la autoridad, la vigilancia, el orden impuesto.
La entrada oficial en la RAE
Aunque su uso ya era común desde finales del siglo XIX —como demuestra Emilia Pardo Bazán en Un viaje de novios (1881)—, “guiri” no fue recogida oficialmente por la RAE hasta 1925. No obstante, no fue hasta 1984 cuando se le reconoció la acepción que todos conocemos hoy: “turista extranjero”. Desde entonces, ha hecho carrera como sinónimo del forastero de piel clara, cabellos rubios y modales nórdicos que visita España en verano.
En Canarias, por ejemplo, se utiliza un término alternativo: “choni” o “chone”, aplicado también a turistas europeos, especialmente anglosajones. Este vocablo tendría su origen en el Johnny inglés, una forma afectuosa o informal de referirse a “John”, muy utilizada entre soldados.
¿Y si viene del árabe? ¿O del turco?
Como toda buena palabra con historia, “guiri” no tiene un solo padre. El escritor Juan Goytisolo aportó otra teoría que añade más matices al término. Según él, la palabra podría proceder del caló, y este a su vez de una voz árabe —«gaouri»— empleada en Marruecos y Argelia para referirse de manera despectiva a los europeos. Esa palabra vendría del turco otomano «gâvur», que puede traducirse como “infiel” o “extranjero”. En otras palabras, un término cargado de otredad y distancia cultural.
¿Y “guirigay”?
Otra hipótesis algo más curiosa vincula el término con “guirigay”, una palabra que la RAE define como “lenguaje oscuro y difícil de entender”. La asociación resulta comprensible: el turista que llega sin hablar español y chapurrea lo que puede puede ser percibido, con cierto humor, como alguien que habla un idioma incomprensible. ¿Y qué mejor palabra para definir ese lío de lenguas que un buen “guirigay”?
De la desconfianza al chiringuito
Hoy, la palabra “guiri” se ha domesticado. Aunque puede tener aún un matiz irónico o burlón, la mayoría de los españoles la usan sin mala intención. Es más: muchos turistas la adoptan con gusto, riéndose de sí mismos al asumir con naturalidad que han sido absorbidos por la categoría. No hay ofensa si hay cerveza fría, playa y buena comida.
Desde las trincheras del siglo XIX hasta las playas de Torremolinos, “guiri” ha viajado mucho más de lo que parece. Y lo ha hecho —como todo buen turista— con la maleta llena de historias, contradicciones y alguna que otra anécdota que lo ha convertido, sin duda, en una de las palabras más reconocibles del castellano popular.



