Marbella, Estepona, Málaga, Mijas, Benalmádena… No es la ruta de una guía turística, sino el mapa de una ola de tiroteos que ha sacudido la Costa del Sol en las últimas semanas. En solo 45 días, se han registrado siete incidentes armados en distintos puntos del litoral y el interior malagueño. El balance: dos muertos, varios heridos, detenidos y un sentimiento creciente de inseguridad que empieza a calar entre la ciudadanía y que ya trasciende nuestras fronteras.
La creciente frecuencia de tiroteos preocupa a residentes y autoridades, pero también empieza a tener eco más allá de nuestras fronteras. Algunos medios internacionales han empezado a señalar la escalada de violencia armada en el sur de España. Y la pregunta, incómoda pero inevitable, ya resuena: ¿cuánto falta para que una bala perdida termine en una tragedia aún mayor? El problema ya no es puntual. Es estructural. La «ONU del crimen organizado», como es conocida la Costa del Sol, alberga 113 mafias de 59 nacionalidades, según un informe del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO).
De calle Gaucín a Cruz de Humilladero: un repaso a la cronología del miedo
El primer disparo resonó el 3 de abril en la malagueña Carretera de Cádiz, cuando un hombre abrió fuego a plena luz del día en la calle Gaucín. Cuatro personas resultaron heridas, dos de ellas con pronóstico reservado. El agresor huyó y aunque ya ha sido detenido. Era solo el principio.
Dos semanas más tarde, el 17 de abril, un nuevo tiroteo dejó un herido en Portada Alta, otro barrio de la capital, en el que fueron detenidas 5 personas de la misma familia. Y el 21 de abril, un hombre fue asesinado a tiros en Mijas, tras salir de un partido de fútbol. La ejecución tuvo tintes mafiosos: le esperaban en plena calle para matarlo.
El 22 de abril, los disparos volvieron a escucharse, esta vez en Cancelada (Estepona), en una vivienda okupada que había sido visitada horas antes por una empresa de desokupación. No hubo víctimas, pero sí pánico vecinal y un amplio despliegue policial.
La serie continuó el 30 de abril en Humilladero, con un nuevo homicidio: un hombre de 35 años fue tiroteado y su madre, de 70, resultó herida. Tres sospechosos se entregaron horas después.
Ya en mayo, el día 6, Benalmádena fue escenario de un ajuste de cuentas por motivos sentimentales. Dispararon contra un coche, aunque no hubo heridos. El 11 de mayo, Cruz de Humilladero cerró este ciclo trágico con otra víctima: un hombre herido por arma de fuego en un parking subterráneo. Nadie fue detenido en el momento.
¿Crónica de una inseguridad anunciada?
Estos no son hechos aislados. Forman parte de un patrón que ya preocupa a asociaciones vecinales y comerciantes, que comienzan a percibir una erosión del tejido social y un recrudecimiento de las redes delictivas que operan en la zona. La Costa del Sol siempre ha tenido una relación ambigua con el crimen organizado: desde los años 90, su atractivo para ciertas mafias internacionales ha sido un secreto a voces. Lo preocupante es que ahora esa violencia ya no se esconde. Estalla en calles, barrios residenciales, discotecas, aparcamientos y frente a viviendas familiares.
Turismo, economía e imagen internacional en juego
Los tiroteos no solo afectan a la seguridad. También dañan la imagen que Málaga y su costa proyectan al mundo. Cada vez que una noticia de este tipo se publica fuera de nuestras fronteras, el impacto no es solo mediático: es económico. El sector turístico, que supone más del 15% del PIB andaluz, depende en gran medida de la confianza y sensación de seguridad de quienes nos visitan.
¿Qué pensarán los turistas británicos, alemanes o escandinavos que reservan vacaciones en Marbella o Estepona al leer titulares sobre asesinatos a plena luz del día? ¿Cómo reaccionan los touroperadores cuando reciben llamadas preguntando si es seguro pasear por el paseo marítimo?
La respuesta de las instituciones ha sido, hasta ahora, tímida. Nadie ha ofrecido un plan concreto ante esta ola de violencia, más allá de asegurar que los cuerpos de seguridad actúan con rapidez. Pero la ciudadanía empieza a preguntarse si es suficiente.
¿Esperamos a que la tragedia sea mayor?
Cada bala que se dispara es una amenaza, no solo para su objetivo, sino para cualquiera que esté cerca. Un niño en un columpio, una pareja de turistas paseando, un repartidor cruzando la calle. La normalización de estos tiroteos abre la puerta a un futuro aún más sombrío si no se toman medidas urgentes y firmes. No se trata solo de detener a los culpables, sino de prevenir que estos hechos se repitan. La Costa del Sol no puede permitirse ser conocida por algo más que su luz, su gastronomía y su mar.



